Volund, el herrero: rey de los elfos

La isla sueca de Gotland, en el mar Báltico, es famosa por sus bellísimas estelas grabadas por los antiguos vikingos entre los siglos VI y XI. En una de ellas aparece una extraña escena: delante de la cabaña de un artesano, reconocible por los martillos que cuelgan del techo y por las tenazas que la ocupan casi enteramente, yacen dos cuerpos decapitados. Al lado de ellos, una extraña figura alada está a preparándose a volar.  


Desde la izquierda: Bodvil, la hija del rey Nidud, Volund en forma de águila mientras se aleja, su fragua y los hijos muertos y decapitados del rey Nidud se esconden detrás de ella. Piedra VIII de Ardre.

Esta es la historia misteriosa y terrible narrada por la piedra. Había tres hermanos, hijos del rey de los fineses, que se llamaban Egil, Slagfidur y Volund, o sea, Vulcano.  

Este último era rey de los elfos, seres semidivinos. Los tres vivían en el valle del Lobo y eran cazadores habilísimos, pero Volund era también herrero y orfebre.  

Un día, al valle del Lobo llegaron volando tres valquirias, las míticas doncellas al servicio de Odín. Mientras descansaban en la orilla de un lago, llegaron también los tres hermanos, que se enamoraron perdidamente de ellas y las desposaron.  

Con el paso de los años las valquirias sintieron nostalgia del palacio de Odín y del furor de los campos de batalla, y un buen día se marcharon volando, como habían llegado, sin dejar huella. Egil y Slagfidur partieron en busca de sus esposas perdidas. Volund, sin decir palabra, fue a su fragua y trabajó, día tras día, esperando el regreso de su amada Hervor. 

Cada tarde, durante 700 días, Volund colgó del muro junto a sus tenazas un nuevo y precioso anillo de oro y gemas. No lejos de su taller vivía Nidud, rey de Suecia. Un día, el jefe de la guardia encontró la cabaña de Volund, vio los 700 anillos y robó sólo uno, el más hermoso, y se lo llevó a Nidud, quien decidió capturar al artífice de tanta maravilla y sustraerle todas sus riquezas.  

Esa misma noche entró con sus guardias en la cabaña de Volund, y lo hizo encadenar y llevar a su palacio. Nidud se quedó con la espléndida espada de Volund y regaló a su hija Bodvild el primer anillo: nadie lo sabía, pero aquél era el anillo en el que estaban encerrados los poderes mágicos del rey de los elfos.  

La mujer de Nidud, pensando que Volund podía escapar, decidió dejarlo tullido, a fin de retenerlo para siembre. Le cortaron los tendones de las piernas y lo encerraron en los talleres de Nidud, que se encontraban en una pequeña isla.  

Aquí Volund volvió a fabricar sus maravillosas joyas. Una tarde llegaron a las fraguas los dos hijos de Nilud, que pidieron ver los cofres de su padre.  

Volund no dudó en mostrárselos, pero, cuando se inclinaron sobre el arca, empuñó una espada y los decapitó. Escondió los cuerpos bajo el fogón de la fragua, tomó sus cráneos e hizo con ellos dos copas taraceadas de plata que regaló a Nidud, con los dientes hizo un broche para Bodvild y con los ojos otras gemas para la reina que lo había dejado cojo.  

Todos admiraron las maravillosas joyas y las lucieron, ignorantes de su origen. Al día siguiente llegó la hermosa Bodvild para hacerse reparar el mágico anillo que se había roto.  

Bodvild entra en la fragua de Volund, (1883) de Johannes Gehrts.

Volund la consoló, arregló el anillo, le hizo beber cerveza y, mientras la muchacha dormía, se unió a ella. Luego tomó el anillo encantado que devolvió el movimiento a sus piernas; con un mágico traje de piel entretejido de plumas, se elevó en vuelo, huyó de la isla y compareció ante Nidud, a quien reveló lo ocurrido. Así se cumplió la venganza de Volund, el herrero, rey de los elfos. 

La fuga de Volund de la isla de las fraguas recuerda la de Dédalo huido del laberinto: en ambos casos, dos «héroes de la técnica» eran mantenidos prisioneros para evitar que difundieran los preciosos secretos de su saber.  

Igualmente, en ambos casos, se elevaron por los aires poniéndose plumas de ave a modo de alas. En el mundo antiguo, el saber técnico estaba custodiado más por las personas que por los manuales, y esto daba a los artesanos un gran poder.  

Volund el herrero, utilizando las alas que había creado para escapar.

A Volund lo dejaron cojo para evitar su fuga y aumentar su dependencia del rey. Para las antiguas cortes reales, otra solución consistía en utilizar enanos. En los relieves egipcios de la VI dinastía, mediados del s. XXIV a.C., los orfebres son precisamente enanos: no podían huir fácilmente, y tendían a ligarse aún más estrechamente a sus amos.  

Esto explica que en la mitología nórdica el pueblo de los enanos tenga el «monopolio» del conocimiento de las extraordinarias técnicas de elaboración de los metales. 


En la imagen principal:  Cementerio vikingo con forma de nave. Gotland, Suecia 

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