Máquinas de asedio

Bohemundo, más hábil que nadie a la hora de dirigir un asedio, tanto que superaba al famoso Demetrio Poliorcetes, concentró sus esfuerzos contra Durrés (antigua Dirraquium, en la actual Albania), utilizando contra ella todo lo que sus ingenieros fueron capaces de inventar. El príncipe normando (como cuenta Anna Comneno en su Alexiada) asedió la ciudad el 3 de octubre de 1107 y, durante meses, se entretuvo en la construcción de «maquinas, tortugas, torres, arietes y refugios móviles, adecuados para la protección de trabajadores y zapadores»  

Finalmente, avanzó sobre Durrés una enorme tortuga, «monstruo indescriptible» que ofrecía «un espectáculo terrorífico»: era una gran máquina, construida sobre un armazón cuadrangular dotado de ruedas, que tenía el techo y las paredes cubiertas de pieles de buey.  

Se movía empujada por decenas de hombres que desde su interior la manejaban con cabrestantes y levas. Cuando estuvo al abrigo de la muralla, se desmontaron sus ruedas, y la tortuga fue sólidamente fijada al suelo, para que las sacudidas no desunieran sus protecciones; los hombres más robustos se colocaron a derecha e izquierda del enorme ariete que había en su interior, y lo hicieron golpear violentamente, con un movimiento cadencioso, contra la muralla, que a pesar de ello resistía.

Asedio de Antioquía, por Bohemundo de Tárento (Biblioteca Municipal de Lyon).

Fuego líquido

Entonces, los asaltantes comenzaron a excavar una galería subterránea que les condujera a la ciudad; frente a esta nueva amenaza, los defensores excavaron con rapidez una gran trinchera y calcularon ansiosamente el lugar por donde podría avanzar el enemigo. Apenas descubierto, abrieron, a su vez, una contra galería y, cuando pudieron ver a los zapadores de Bohemundo a través del agujero abierto, emplearon su principal recurso defensivo: el fuego líquido, compuesto -dice Anna- «por resina de pino mezclada con azufre» (pero calla los otros componentes, que eran secretos).  

El mortífero fuego, lanzado mediante sifones y tubos de caña, «cae como un rayo, carbonizando el rostro de los enemigos», y los pocos que lograron salvarse salieron «huyendo como enjambres de abejas asustadas por el humo».  

Bohemundo da la orden de utilizar la más importante de sus máquinas: una torre móvil, también de base cuadrangular que supera en dos o tres metros la altura de las torres de la ciudad asediada, y está provista de puentes levadizos, que podían bajar sobre la muralla. «La visión de la torre -continua narrando la Alexiada– era terrorífica, más aún por el hecho de que avanzaba sin que se conociera la causa de su movimiento, como un gigante que emerge de las nubes».  

Efectivamente, se deslizaba sobre muchas ruedas y la impulsaban los soldados que estaban encerrados en su interior o que se escudaban tras ella. Subdividida en varios pisos, tenía en sus costados numerosas troneras, desde las que los atacantes lanzaban contra los defensores proyectiles de todo tipo, en tanto que, en el piso superior un grupo de guerreros bien armados estaba listo para asaltar la muralla.  

La guarnición no se desanima ante la presencia de tan amenazador ingenio, cuya aproximación era lenta, pues debía salvar los desniveles del terreno, la empalizada y una pequeña zanja que rodeaba la fortaleza.  

Sus carpinteros erigieron sobre la muralla una especie de cobertizo de madera, que sobrepasaba la altura de la máquina enemiga, de modo que pudiesen impedir la entrada de los soldados de Bohemundo y, desde allí, tratar de destruirla con fuego líquido.  

El espacio que existía entre la torre que avanzaba y los muros de la ciudad fue rellenado con todo tipo de materiales inflamables; se lanzó aceite sobre ellos y se prendió todo ello arrojando antorchas. Pronto todo estuvo en llamas y cuando a ellas se añadieron chorros de fuego líquido, la terrible máquina comenzó a arder, ofreciendo un grandioso espectáculo que se podía contemplar desde mucha distancia.

La mayoría de los hombres que se encontraban en su interior perecieron abrasados y sólo unos pocos lograron escapar arrojándose desesperadamente desde las alturas, con el riesgo de matarse del golpe.  

Poco después, el ejército imperial obliga a levantar el asedio de la ciudad y, de este modo, a pesar del impresionante despliegue de medios realizado por Bohemundo, el asedio de Durrés fracasa.  

Escena de asedio (miniatura del códice Manesse, Biblioteca Universitaria de Heidelberg).

La descripción de Anna Comneno, hija del victorioso emperador, describe alguno de los procedimientos de ataque y defensa de una fortaleza asediada. Los atacantes empleaban medios que les permitían alcanzar las murallas para abatirlas o superarlas, bien en superficie, bien bajo tierra; tentativas a las que los asediados, como se ha visto, contraponían las apropiadas medidas defensivas.  

A las ya vistas deben añadirse una tercera e importante categoría de máquinas, que la autora no menciona; se trata de catapultas y trabucos, equivalentes a la moderna artillería, empleados por ambas partes para golpear de lejos a los enemigos mediante el lanzamiento de grandes proyectiles. 

El arte de atacar ciudades fortificadas fue puesto a punto por los griegos en la época helenística y una etapa fundamental de su desarrollo fue el asedio de Rodas en el año 304 a.C., durante el cual se reveló el talento del célebre Demetrio, que por ello recibió el sobrenombre de Poliorcetes (es decir, expugnador de ciudades).  

En los siglos sucesivos, los romanos adoptaron y perfeccionaron los métodos griegos, llevándolos a un nivel considerado insuperable. Julio Frontino (compilador en el siglo II de una colección de Estratagemas) dice, explícitamente, que las máquinas de asedio han alcanzado su máxima perfección y no será posible mejorarlas.  

A partir de entonces, se produjo una progresiva decadencia, que tuvo su punto más bajo en los primer siglos de la Edad Media. Incluso se dijo que en la Europa Occidental, hasta la época de la Primera Cruzada, se perdieron las técnicas y las informaciones sobre los materiales de asedio. 

Rendidos por hambre

En época reciente, los investigadores han logrado establecer que estas creencias no se corresponden con la realidad. Desde la Antigüedad tardía en adelante, el número de localidades fortificadas no cesó de aumentar y, por tanto, el ataque y la defensa de plazas fuertes se convirtió en la forma de guerra más difundida durante toda la Edad Media.  

Pero en ella se empleaban medios tecnológicos bastante rudimentarios: el método más simple y, por tanto, el más difundido para vencer la resistencia de los asediados, era el bloqueo de la fortaleza, de manera que el hambre obligara a los defensores a rendirse; y, entre tanto, se intentaba penetrar en ella mediante el engaño.  

La misma frecuencia de las guerras impedía, por tanto, que se perdiese completa y definitivamente el recuerdo de las máquinas y de los procedimientos de asedio, mantenidos en uso, tanto por la circulación de ingenieros (que conocían las prácticas de sitio), como por la utilización de los antiguos tratados, conservados en el Oriente europeo que, gracias a árabes y bizantinos, nunca perdió contacto con Occidente.  

Testimonios de esto abundaron tras la época carolingia y fueron cada vez más frecuentes a partir del siglo XI, debido a la Reconquista de la Península Ibérica y a las operaciones llevadas a cabo en el Mediterráneo por las repúblicas marítimas italianas y por los normandos en la Italia meridional, contra bizantinos y árabes.  

Los normandos de Italia, gracias a las relaciones que mantenían con sus compatriotas, que habían permanecido en Normandía y después emigrado a Inglaterra, difundieron rápidamente las nuevas técnicas desde el Mediterráneo al Atlántico. Éstas fueron, posteriormente, empleadas en Palestina durante la Primera Cruzada (1095-1099), cuando los guerreros, llegados desde Occidente, debieron enfrentarse a las poderosas murallas de la Antigüedad tardía de Nicea, Antioquía (asediada y tomada por Bohemundo I) y Jerusalén.  

Enriquecidas por la experimentación en Tierra Santa, las técnicas de asedio regresaron de rebote a la Europa Occidental, y desde entonces no dejaron de progresar, redescubriendo poco a poco todos los usos empleados en la Antigüedad y poniendo a punto máquinas de artillería basadas en principios que habían quedado olvidados. 

El largo invierno de la ciudad de Crema

El asedio de Durrés, bien conocido gracias al relato de Anna Comneno, es precisamente un destacado ejemplo de ese desarrollo, que tuvo continuidad, especialmente en Italia, durante las constantes luchas que enfrentaron, en primer lugar, a las más poderosas comunidades urbanas entre sí y después las mismas ciudades contra los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico: Federico I, Enrique IV y Federico II.  

Por encima de los demás, es famoso el asedio de la ciudad de Crema, llevado a cabo durante seis meses, en el invierno de 1159 a 1160, por Federico Barbarroja, en el que empleó todas las refinadas técnicas ya experimentadas durante la Primera Cruzada.  

Los procedimientos de ataque y de defensa, que se afianzaron entre los siglos XII y XIII, permanecieron en uso hasta que fue perfeccionada la artillería de pólvora negra, efectiva desde el inicio del siglo XV: su potencia hizo que a partir de los últimos decenios de ese siglo, las milenarias técnicas de asedio quedasen total y definitivamente olvidadas.  

La Poliorcética (arte de sitiar y tomar plazas fuertes) antigua y medieval es, por tanto, una técnica perdida, sólo reconstruirle mediante la lectura de tratados teóricos de época grecorromana (algunos de ellos, acompañados de dibujos) y por medio de las descripciones de los asedios, conservados en la historia.  

Ninguna de las dos fuentes es, sin embargo, totalmente satisfactoria: ante todo, la teoría expuesta en los tratados no siempre se corresponde con la práctica y, por otra parte, las narraciones históricas, que están dirigidas a sus contemporáneos, dan por sabidos los detalles de la construcción, funcionamiento y prestaciones de las máquinas, hoy difícilmente comprensibles.  

Además, las representaciones de época, son escasas y muy aproximadas, sin tener en cuenta que los diferentes autores, dependiendo de su época y de su origen, emplean para un mismo objeto denominaciones diferentes, lo que complica aún más la correcta interpretación de los textos.  

Asedio de Orléans, 1428-29

Por todo ello, los intentos de reconstrucción, realizados por los estudiosos desde el siglo XIX, son totalmente imaginativos y no reproducen las verdaderas máquinas utilizadas en la época medieval, sino las que aparecen en los tratados helenísticos y romanos; o bien muestran proyectos (nunca construidos, porque;  eran irrealizables) sugeridos por fantasiosos ilustradores que proliferaron entre los siglos XV y XVI. 

Los problemas planteados son, por tanto, muchos y nuestro conocimiento acerca de las características y el funcionamiento de los diferentes tipos de máquinas (incluso si nos remitimos a la documentación) es solamente aproximado.  

Para atacar una fortificación, ante todo era necesario poder acercarse a ella con, seguridad y, a tal fin, los medios más sencillos y corrientes eran los manteletes, escudos móviles construidos sobre ruedas y destinados a proteger a los zapadores, que bajo el fuego enemigo, se veían obligados a alisar el terreno y rellenar el foso defensivo, abriendo de este modo el camino a las armas más pesadas y espectaculares, ya mencionadas al hablar del asedio de Durrés.  

La primera en entrar en acción era la tortuga (denominada también vinea en la Antigüedad y gato en el Medievo). Se trataba de una robusta cabaña blindada, provista de un techo muy inclinado, que favorecía el deslizamiento de los proyectiles que el enemigo lanzaba desde las alturas de la fortificación; bajo ella, se guarecían los hombres para poder acercarse indemnes a la muralla y socavar sus cimientos con herramientas específicamente creadas con este fin, o bien abrir brechas en ellas a base de golpes de ariete.  

Tanto el gato como la torre móvil de varios pisos (denominada en la Antigüedad helepoliscastillo de madera en el ámbito medieval latino y belfredo o battifredo en la Europa Central de la época) estaban protegidos contra el fuego por pieles de buey recién despellejadas (lógicamente, con el pelo hacia el interior), fango y materiales esponjosos humedecidos con vinagre, destinados a paliar los efectos del temido fuego líquido o griego, cuyo secreto de fabricación fue largamente ocultado durante años por los emperadores bizantinos.  

A veces, se recurría a un blindaje mucho más costoso, realizado con planchas metálicas, como el que se utilizó en la gran torre móvil empleada por los imperiales contra Crema en el año 1159.  

Dañada por la artillería de los asediados cuando realizaba las maniobras de aproximación, fue retirada y reforzada con mimbres entrecruzados, cuero y paños de lana que amortiguaran los golpes; además, fueron atados a ella algunos de los rehenes de Crema que el emperador tenía en su poder, pérfida estratagema (que, como otras muchas) ya se había experimentado durante la Primera Cruzada.  

En ocasiones, también las escaleras de asalto iban montadas sobre ruedas, para que fuera más fácil su aproximación y más difícil derribarlas. A menudo, sin embargo, se debían emplear simples y frágiles escalas de estacas y cuerda, a las que tan sólo se les exigía el requisito de ser tan altas como los muros a escalar, lo que suponía la necesidad de observaciones y cálculos que no siempre eran fáciles de realizar. 

Inventiva y tecnología

Junto a las escalas, los textos clásicos (en los que se inspiraron los ingenieros militares desde el siglo XI en adelante) hablan de mecanismos de contrapeso llamados sambucaesostra y tolleno, capaces de elevar a un grupo de hombres armados hasta las almenas enemigas.  

Además del ariete (que era una viga suspendida en equilibrio, para que un grupo de hombres pudiera balancearla y golpear con formidable empuje los muros de una fortaleza, protegidos por el robusto techo de un gato) y de las galerías subterráneas, excavadas bajo las torres, se recurría en ocasiones a grandes taladros utilizados para desencajar las piedras de la muralla.  

Eran éstas unas máquinas probablemente fruto de la imaginación más que de la realidad; no existen pruebas fehacientes de su empleo en asedios medievales. 

A una tecnología refinada, debía añadirse una gran inventiva mecánica. Todo ello era necesario para la construcción de máquinas capaces de lanzar grandes flechas o bien proyectiles de piedra (estas últimas conocidas por la voz griega litobólos).  

En la Antigüedad existían máquinas capaces de soportar grandes tensiones (formadas por un enorme arco) capaces de arrojar enormes dardos: las balistas, y otros ingenios útiles para lanzar proyectiles de piedra. Todas ellas alcanzaron gran perfección en época romana, pero se trataba de maquinarias delicadas, que requerían gran capacidad técnica por parte del personal que las manejaba.  

Debido a la necesidad de un constante adiestramiento, estas máquinas cayeron en desuso, y fueron sustituidas en el siglo IV por el onagro, mucho menos delicado, pero de similar eficacia. Éste era todavía utilizado por los bizantinos en el siglo VI durante la guerra greco-gótica. 

Diluvio de piedras

En los siglos siguientes, se crearon máquinas de artillería, de concepción totalmente novedosa basadas en el principio del balancín. Aparecen en los documentos bizantinos con el nombre de mangano y de pedrero (desconocidos en la Antigüedad) que probablemente designaban máquinas del mismo tipo, pero de diferentes dimensiones y prestaciones.  

A partir del siglo IX, su uso se extendió también por Occidente, empleados por los ejércitos carolingios. El principio en que se basaban estas máquinas era muy simple: se trataba de una gruesa pértiga, colocada en equilibrio sobre un soporte de madera; de uno de sus extremos colgaban las cuerdas de tracción, y en el otro se colocaba un saco destinado a contener las piedras.


Trabucos expuestos en el castillo de Castelnau-Brenenoux , Francia 

Tirando de las cuerdas, la pértiga basculaba sobre el perno, y los proyectiles eran lanzados a una distancia que, naturalmente, dependía de su peso y de las dimensiones de la máquina.  

Durante el siglo XII, las cuerdas de tracción fueron poco a poco sustituidas por un contrapeso fijo, capaz de mover la pértiga sin que fuera necesaria la tracción manual. Había nacido el trabuco, mencionado por primera vez en 1189, en documentos de la Italia septentrional.  

Se trataba una máquina mucho más potente que el mangano o el pedrero, y era capaz de lanzar proyectiles de hasta 15 quintales de peso, como los empleados por Ezzelino da Romano contra Este (ciudad de la provincia italiana de Padua) en 1249.  

Como se vio, en Durrés, las máquinas de asedio, más allá de su real eficacia, desempeñaban un importante papel psicológico, provocado por su terrorífica apariencia. En el siglo XI hubo ciudades de la Italia meridional que decidieron rendirse apenas vieron a los normandos aparejar delante de sus muros misteriosas maquinarias.  

Más tarde, bastaba con preparar un solo trabuco para que determinados castillos, acobardados por su presencia, depusieran las armas. Debe añadirse que un asedio era un muy costoso en términos económicos y sólo se realizaba después de una madura reflexión.  

En todo caso, aquellos que se defendían detrás de una sólida muralla, con una buena provisión de víveres y bajo un mando decidido y diestro en el manejo de los recursos disponibles, tenían siempre ventaja sobre los sitiadores, hasta que el perfeccionamiento de la pólvora vino a trastocar la situación a favor de estos últimos.  

Se trató de una de las revoluciones tecnológicas que marcaron el fin de la Edad Media y el inicio de la Moderna. 


Bibliografía:

Dictionnaire raisonné de l’architecture française du XIe au XIVe siécles, volumen V, París, 1861, bajo la voz Engin, París, 1866

The medieval siege, J. Bradbury Press, Woodbridge, 1992

Comuni in guerra. Armi ed eserciti nell’ltalla delle cittá, A. Settia, CLUEB, Bolonia, 1993

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