Los godos y su herencia

Los godos, originarios de la vasta región comprendida entre las costas del mar Báltico y las estepas de la Europa sudoriental, eran un pueblo constituido por numerosas tribus.  

Los testimonios más antiguos de su civilización están representados, según los arqueólogos, por los restos de túmulos funerarios, que datan del siglo I a.C., hallados a lo largo de las costas bálticas de Pomerania y de Polonia.  

En estas zonas se encontraban ricos yacimientos del denominado «oro del norte», el preciado ámbar; precisamente siguiendo los tráficos comerciales relacionados con la resina fósil, los primeros godos se establecieron en el corazón del continente europeo.  

A partir del siglo II, como lo testimonian objetos de hueso, de bronce y de plata hallados en algunas sepulturas, los godos fueron extendiéndose hacia el sur, a lo largo del rio Vístula, hasta alcanzar Ucrania y Rumania.  

Las tribus establecidas en el este, denominadas ostrogodos, Ostgothen o godos del este, comenzaron a diferenciarse de las asentadas en el oeste, entre el Dniéster y el Danubio, que tomaron el nombre de visigodos, Westgothen o godos del oeste.  

Tanto los visigodos como los ostrogodos eran seguidores del credo de Arrio, un reformador religioso que vivió entre fines del siglo III y principios del siglo IV. Además de otras diferencias doctrinales, según el arrianismo Cristo no era el Hijo de Dios, sino la más perfecta de las criaturas de Dios.  

Por este motivo, la imagen de María no aparece en las representaciones sagradas de estos pueblos. Entre los siglos IV y VI, el enfrentamiento entre arríanos y ortodoxos se agudizó. Las luchas contra los ostrogodos adoptaron así el carácter de una guerra religiosa. 

En torno al año 370 d.C., las regiones del mar Negro fueron invadidas por los hunos, que derrotaron a los ostrogodos. Algunas tribus permanecieron en Crimea; otras emigraron siguiendo a los hunos y se asentaron en diversas regiones de la Europa central; hubo otras tribus que se trasladaron aún más hacia occidente.  

En 376, la invasión huna se abatió también sobre los visigodos, que comenzaron a su vez a invadir el territorio romano. La culminación de esta presión se produjo en 410, cuando los visigodos, comandados por el rey Alarico, tomaron y saquearon Roma.  

Alarico había sitiado Roma en dos ocasiones, exigiendo a la ciudad el pago de tributos a cambio de protección. Cuando en 410 tomó finalmente la ciudad, la abandonó a su ejército, y fue saqueada.  

Las crónicas hablan de incendios, de homicidios, de robo de dinero y de joyas, de estupros y de mujeres milagrosamente salvadas por la superstición o por el respeto de los bárbaros.  

Los visigodos saquean Roma

Fue un hecho que, a los ojos del mundo, simbolizó la caída del milenario poder de Roma. Cuatro años después del saqueo, la noble Gala Placidia, prometida de Ataúlfo, sucesor de Alarico, se ruborizaría al ver a 50 jóvenes godos, con vestidos de seda, que le ofrecían como regalo de bodas joyas y oro procedentes del saqueo de su ciudad.  

A pesar de todo, los visigodos se ganaron una reputación de moderación y de clemencia, acaso porque la ciudad estuvo ocupada sólo durante tres días. Después del saqueo, los visigodos descendieron hacia la Italia meridional, donde devastaron las regiones de Campania, Puglia y Calabria.  

En el mismo año de la caída de Roma, la muerte alcanzó a Alarico en Cosenza durante una incursión bélica. Sus soldados desviaron el curso del Busento, sepultaron el cuerpo del rey en el centro del lecho del río y liberaron de nuevo las aguas, que protegieron para siempre la tumba de las manos de los saqueadores. 

Guiados por Ataúlfo, sucesor de Alarico, se trasladaron luego hacia el oeste, alcanzando la Francia meridional y posteriormente España, donde fundaron reinos propios. Los francos, comandados por Clodoveo, batieron a los visigodos en 507 en Vouillé, y conquistaron todos los territorios galos.  

El reino visigodo de España duró hasta el 711, cuando la península Ibérica fue invadida por los árabes. El destino de los ostrogodos estuvo ligado indisolublemente a la península Itálica. Tras reducirse en 451 (con la muerte de Atila) la amenaza de los hunos, los ostrogodos se hicieron cada vez más poderosos y se relacionaron con el Imperio romano de Oriente.  

El rey Teodorico fue nombrado por el emperador bizantino Zenón legado imperial en Italia, donde estableció un reino con capital imperial en Rávena.  

La ciudad se embelleció con iglesias y monumentos, cuyo estilo refleja las influencias romana y bizantina. A la muerte de Teodorico, en 526, subió al trono la reina Amalasunta, que fue asesinada en 535 por su marido Teodato. Ello representó el pretexto para la intervención bizantina, deseada por el emperador Justiniano, que determinó la desaparición de los ostrogodos.  

Mausoleo de Teodorico en la ciudad de Rávena

En cinco años, el ejército bizantino, comandado por el general Belisario, conquistó Italia, tomando Roma y Rávena y capturando al rey godo Vitiges.  

La guerra entre ambos ejércitos se prolongó aún durante 10 años, hasta la definitiva derrota de los ostrogodos, batidos por el general Narsés en Tadinae en 552 y en los montes Lactarius en 553.  

Desde entonces, los ostrogodos formaron parte del inestable Imperio bizantino en Italia. 


En la imagen principal: Godos cruzando un rio. Obra de Evariste Vital Luminais.


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