La palabra Condottiero” deriva de Condotta” que, venía a designar el contrato realizado entre un capitán independiente y el gobierno (cualquiera que fuera) que alquilaba sus servicios.  

En la década de 1380 se pone fin al sistema de grandes compañías que habían protagonizado el panorama bélico italiano en la Baja Edad Media, tomando su relevo los condotieros que pasarán de su época de oro en el siglo XV, a languidecer en el siglo XVI y fenecer con la irrupción de los ejércitos modernos. 

Estas mutaciones militares corren parejas a los cambios en los regímenes políticos, el paso de los mercenarios de ventura a los caudillos sujetos a Condotta se inscribe en el tránsito de las Comunas a las Señorías que sacude a las ciudades italianas del centro y norte de la Península.  

Los soldados que integraban las compañías buscan cada vez más la estabilidad y sus jefes pasan a servir a las ciudades por acuerdos más o menos permanentes.  

La aparición de personajes como Marino di Alberigo da Barbiano y Aquila di Braccio da Montone, como tantos de los primeros condotieros, no se debe a un renacimiento del espíritu marcial italiano, sino a las exigencias políticas de las Señorías recién nacidas.  

Las más poderosas se hallan inmersas en un proceso de centralización y pretenden ampliar su propio territorio en detrimento de las vecinas, por lo que necesitan un dispositivo de defensa mayor y más estable, que ya no le ofrecen las compañías de ventura sino el sistema de “Condotta”.  

John Hawkwood, Catedral Santa Maria del Fiore, Florencia. Italia

El lujo de disponer de unas fuerzas armadas permanentes descansará en el mayor peso de la presión fiscal sobre los ciudadanos. El nuevo rumbo lo marcó Giangaleazzo Visconti, que se apoyará en sucesivos condotieros en su intento de hacer de Milán la ciudad hegemónica de la Italia septentrional, y es que cada ciudad tendrá sus caudillos favoritos y sus relaciones particulares con ellos.  

¿Quiénes fueron esos capitanes mercenarios? ¿Qué clase de hombres eran? ¿Qué interés presentan? Evidentemente, su interés no puede radicar únicamente en las batallas que libraron ni en sus campañas, la mayoría insignificantes y a menudo irrisorias, que se entrecruzaban por la península.  

El primer punto a precisar es que no existía un condotiero tipo. La galería de capitanes de primera fila asusta por sus diversidad humana: origen social, nacionalidad, caracteres y motivaciones presentan una variedad casi indulta.

John Hawkwood, ese inglés discreto, digno de confianza, que se situaba en un terreno estrictamente profesional y que carecía de toda ambición política, era la figura más conocida del primer período, cuando los condotieros eran extranjeros (alemanes, suizos, provenzales, bretones, borgoñones, gascones) soldados a los que la paz habría reducido al ocio en otros países.  

Castillo de John Hawkwood. Arezzo, Italia

Antes de la muerte de John Hawkwood, hacia finales del siglo XIV, los italianos toman el relevo. Eran originarios de casi todas las regiones. Romagna, atrasada y pobre, fue vivero de soldados en busca de fortuna. De allí salieron los SforzaAlberico da Barbiano y otros de menor talla. 

De la
Lombardía procedían; Bartolomeo Colleoni y los Dal Verme. Carmagnola y Facino Cane, del Piamonte; Gattamelata de la Umbría, como Braccio da MontoneBiordo Michelotti y los Piccinini.

Alberigo da Barbiano, que en las guerras del reino de Nápoles había caído prisionero, por lo que Giangaleazzo Visconti pagó su rescate a cambio de que le sirviese durante diez años; Facino Cane, cuya especialidad era la brutalidad deliberada para crear un terror previo y no hallar resistencia, lo que llevaba a efecto mediante operaciones relámpago de su caballería; y Ugolotto Biancardo, que residía en su feudo lombardo y acudía con sus tropas para operaciones concretas.  

Por su parte Florencia, la potencia rival de los milaneses, llevaba una política militar distinta. El eje de la misma era encargar la dirección del ejército a un jefe extranjero, pues siendo un italiano podía tener la tentación de hacerse príncipe de la ciudad y contar con cierto apoyo social.

Mientras John Hawkwood vivió se mantuvo el equilibrio de fuerzas entre las principales ciudades, pero a partir de 1394, las autoridades florentinas se lanzan a una búsqueda desesperada de su sustituto, en un momento en que los mejores condotieros habían sido monopolizados por Milán. La solución momentánea estribó en confiar las tropas al mando del gascón Bernardon de Serres

En cuanto a Venecia se había lanzado en los primeros lustros del XV a la creación de un dominio en la llamada Tierra Firme, conquistando la comarca del Friuli para asegurar la frontera alpina, Vicenza, Verona y Padua para disponer de plazas fuertes seguras, e Istria para reforzar sus posiciones en la costa croata.

Estatua de Erasmo de Narni; «Il Gattamelata». Padua, Italia

Para mantener estas nuevas adquisiciones hubo de crear un ejército terrestre permanente, labor que asumen los hermanos Cario y Pandolfo Malatesta, que representaban otra variante de condotiero, pues su formación humanista y su papel de mecenas de artistas les lleva a compaginar sus costumbres refinadas con sus ambiciones marciales.  

En resumen, todas las grandes ciudades del siglo XV fueron haciéndose con fuerzas armadas y comandantes permanentes. En el confuso teatro de las guerras civiles italianas los condotieros se convirtieron en los árbitros de la situación, por lo que en la maraña de alianzas y treguas estos caudillos ganan fama de ambiciosos y desleales, capaces de volverse contra la ciudad que les contrató y convertirse en su señor. 

Con ello no hacían sino seguir las pautas de los príncipes de las Señorías, como los Médici en Florencia o los Sforza en Milán, de aprovechar el sistema electoral y el aparato gubernativo de la época republicana para convertirse en soberanos de sus ciudades.

La recompensa que aquéllas daban a estos mandos militares era en un primer momento material, consistente en la asignación de un palacio o de un feudo en el condado, pero si sus servicios eran dignos de ser reflejados por las crónicas el condotiero muerto gozaba de solemnes exequias y de la eternidad de las estatuas ecuestres.

Las relaciones contractuales quedaban fijadas en la «condotta». La letra de estos contratos es reveladora de la naturaleza de la guerra renacentista. En principio, la “condotta” militar italiana era en ciertos aspectos análoga a la “intendure” inglesa y a la “lettre de reternue” francesa.

La principal diferencia estribaba en que, mientras en Inglaterra y Francia el contrato reclutaba súbditos de la Corona que se obligaban mediante pago a rendir servicios a sus respectivos soberanos, en Italia los soldados podían ser naturales o extranjeros y les contrataban autoridades municipales.  

El caudillo italiano del siglo XV, era un militar profesional, que dirigía personalmente la compañía, mientras que en Alemania se trataba de intermediarios que reclutaban tropas, pero que no iban con ellas a la batalla.  

El modelo de “condotta” más empleado por los especialistas es el que suscribe Michele degli Attendoli, llamado Micheletto (a causa de su baja estatura), con el municipio de Florencia; jefe mercenario mitificado a raíz de su victoria en la batalla de San Romano en 1432. Las cláusulas contractuales más destacables de este documento concreto eran:  

1) La fijación del número de soldados que aportaba el condotiero y de sus armas. Si en general se trataba de fuerzas mixtas de lanzas e infantes, el mayor aprecio y peso táctico corría a cargo de los caballeros, auténticas unidades de élite de la época.  

2) La duración de los servicios, que el acuerdo desglosaba en dos partes: una llamada ferma, o período de prestación pactado, y la otra denominada “di respeto”, en la que los mercenarios seguían sirviendo a la ciudad mientras se negociaba otro contrato.  

En el siglo XIV la duración media era de tres meses, acabando las obligaciones con la llegada del otoño, cuando cesaban las operaciones militares. En cambio, en el siglo XV los pactos llegaban al semestre, y en muchos casos, imitando a Venecia, empezaron a ser renovados por tiempo ilimitado.  

3) La soldada de acuerdo al grado militar y a la coyuntura del momento. En la satisfacción de la misma se contemplaban los anticipos “prestanza”, para equipar a la compañía y como garantía de buena fe por parte de la autoridad contratante, y solían representar un tercio del total.

También se redondeaban los pagos con recompensas en caso de victoria, en forma de dinero o donativo, y de acciones valerosas, como ser el primero en escalar una muralla o capturar al capitán enemigo. Al comandante se le podía gratificar en vida con la cesión de una especie de feudo, o, post mortem, con la menos gratificante erección de una estatua ecuestre.  

4) Las relaciones del jefe con sus oficiales y soldados, puesto que el acuerdo no sólo regía para las partes de una autoridad pública y un militar de oficio, sino que establecía toda una serie de subcontratos con la jerarquía mercenaria.  

Esto era más palpable en las grandes compañías, que para una campaña de envergadura podían reunir a varios condotieros bajo una jefatura consensuada, y es que el sistema de relaciones que gobernaba éstas era muy similar al de las compañías comerciales.  

5) Las cláusulas complementarias para la resolución del contrato, como el compromiso de no combatir para otros durante esos seis meses, no abandonar el territorio de la república salvo en casos graves y previa petición de salvoconductos, exención de impuestos y peajes, o los acuerdos que atañen al reparto del botín y al rescate de prisioneros.  

El tipo más extendido de condotiero no era el de gran capitán, sino que predominaban las pequeñas compañías, de 100 o 200 lanzas. La formación más típica estaba compuesta por un comandante en jefe, con su compañía personal, que solía ser la más gruesa, y una serie de escuadras menores a sueldo de ese condestable. Por tanto, todo el que podía ofrecer los servicios de su propia tropa era considerado condotiero, ya trabajase para las mayores repúblicas o para mínimas facciones partidistas.

Por eso se ha comparado el sistema de condotieros con una especie de mercado de las fuerzas armadas, en el que aquel que disponía de unas fuerzas encuadradas y organizadas podía ser contratado de inmediato por formaciones políticas, mientras que los elementos dispersos y las bandas vagabundas tenían que ponerse a las órdenes de un caudillo mayor para sobrevivir.  

En este universo militar también gravitaban los inventores, los arquitectos militares, los expertos balísticos y los artesanos. Es el mundo plasmado en los dibujos de Alberti y las máquinas de guerra de Leonardo. Ello es consecuente con la renovación renacentista, en la que las técnicas y los conocimientos surgen entre los sectores sociales más dinámicos, como son los grupos que alientan la llamada cultura mercantil. La mejora de la información y el nuevo instrumental económico corrió parejo a las innovaciones en armamentos.  

Estatua de Bartolomeo Colleoni. Venecia, Italia

Aparece la moderna artillería, en la que las primitivas bombardas, que disparaban balas de piedra con una trayectoria circular, dejan paso a los primeros cañones con balas de bronce, tiro rectilíneo e impacto superior. Además, gracias a las cureñas, las piezas no sólo se utilizan para el asedio, sino también como baterías móviles. La aplicación de la pólvora a un tubo de metal se dio en los cañones y en las armas individuales, resultando decisiva en la lucha de los europeos con pueblos de otros continentes.

Entre tanto, las fuerzas de los condotieros superaban en complejidad a las de otros mercenarios europeos y a las milicias cívicas (comprendían lanzas, picas, ballestas, escopetas, artillería ligera móvil y caballería acorazada de choque), y permitían mantener la autoridad ciudadana sobre el condado, al controlar todos los castillos y enclaves estratégicos.  

No obstante, hubieron de afrontar su primera prueba de fuego en las postrimerías del siglo XV, cuando un conflicto de magnitud internacional librado en suelo italiano puso por primera vez en entredicho el sistema condotiero. La política imperial de Maximiliano y las intrigas políticas del papa Inocencio VIII, las ambiciones geoestratégicas de los monarcas franceses y españoles, confluyen en un enfrentamiento europeo en la península.

Los objetivos reales de captar el comercio mediterráneo y acaparar el abastecimiento de cereales de los graneros sicilianos, se enmascaran tras argumentos banales como el inicio de una Cruzada más, o hacer valer razones de herencia.  

En el fondo se estaba quebrando la tradicional política de buenas relaciones entre Castilla y Francia, porque los Reyes Católicos llevarán a cabo un despliegue diplomático a base de enlaces matrimoniales, tendentes a la unión con Portugal y al cerco del reino francés, y los monarcas de este último no disimulaban sus aspiraciones expansionistas sobre los territorios de Milán y Nápoles.

El caso es que una expedición francesa al mando de Carlos VIII invade Italia en 1494 con la disculpa de acudir a paliar el peligro turco, y, gracias a su superioridad militar sobre las tropas comunales que le salieron al paso y a su alianza con el duque milanés Ludovico Sforza el Moro, conquista el reino napolitano y acarrea el derrumbamiento de muchos gobiernos municipales, entre ellos el de la Florencia medicea.  

Es entonces cuando Fernando de Aragón envía a sus ejércitos y funda la Liga Santa con las principales potencias europeas e italianas. Las tropas españolas, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, vencerán reiteradamente a los franceses y les obligarán a replegarse a sus bases originarias al otro lado de los Alpes.  

Pero lo que más nos interesa resaltar es el fracaso de los condotieros ante estos nuevos ejércitos europeos, que convirtieron Italia en un área de experimentación de las nuevas técnicas bélicas y en el banco de prueba de las respectivas capacidades militares de los reinos en contienda, mientras que el de los caudillos italianos había demostrado ser un potencial bélico limitado y de ámbito regional.  

El mundo de los condotieros y el de la caballería acorazada tradicional entran en crisis al mismo tiempo. Las armas de fuego empezaron a demostrar su eficacia contra la caballería tradicional y los ingenios para derribar muros y puertas.

La crisis del feudalismo hace perder a la nobleza el monopolio de la fuerza. En el siglo XVI, los nuevos ejércitos pasarán a fundamentarse en una infantería de extracción plebeya, adiestrada colectivamente, encuadrada en compañías más o menos permanentes, y al servicio de las monarquías absolutas o de los principados urbanos. En las ciudades del centro y norte de Italia había triunfado el régimen político de las “Signorie”, y éstas se plegaban a los intereses imperiales. 

Imagen principal: Batalla de San Romano. Paolo Uccello, Musée du Louvre, Paris 

Bibliografía: 

La guerra nell’Italia del Rinascimento. Michael Mallet. Bologna, II Mulino, 1974.

The Art of War in Italy, 1494-1529, Taylor, F. L. Cambridge, 1921 

«Milizie e condottieri», en Storia d’ltalia. Torino, Einaudi, 1973, pp. 643-665. Ancona, Clemente

Por Andy Nicotera

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