El conflicto que conocemos como La Guerra de los Cien años, pone de acuerdo a tantos historiadores sobre el hecho, que haya comenzado con una disputa dinástica (Valois contra Plantagenet y luego contra su rama menor los Lancaster).

“A Felipe, que se hace llamar rey de Francia”. En estos términos se expresaba Eduardo III de Inglaterra en una carta a Felipe VI de Valois en 1337. El soberano inglés negaba, así, la legitimidad del destinatario.  

Como contrapartida alegaba sus derechos a la corona francesa rechazados  unos años antes (1328) por una  asamblea  de barones que optaron por Felipe después de la muerte sin descendencia masculina del último monarca de la rama mayor de los Capeto: Carlos IV. 

La coartada dinástica, en efecto, fue utilizada por los monarcas ingleses cuando lo creyeron conveniente. Sin embargo, hubo otras circunstancias que mantuvieron vivo el conflicto. Por ejemplo, los intereses mercantiles en el área de Flandes y en las rutas del Canal de la Mancha – Golfo de Vizcaya

Fueron también los conflictos periféricos atizados por Londres y París en Flandes, Bretaña, Escocia o los reinos ibéricos. Y fueron (ahí se tiende a radicar los orígenes de la guerra) las fricciones provocadas por la presencia inglesa en Guyena, último resto del viejo imperio que Enrique II Plantagenet (1154-1189) se había labrado en Francia.  

El eje económico Burdeos-Inglaterra explica la fidelidad de las poblaciones de la región a la corona británica. Por otro lado, el deseo de los monarcas Capeto de intervenir en los asuntos internos de Guyena causó más de un apuro a los soberanos de Londres.  

Para Eduardo III en 1337, la reclamación de la Corona francesa, era la mejor excusa para mantener su presencia en el Golfo de Vizcaya. 

En 1340, la escuadra naval de Eduardo III obtenía una rotunda victoria sobre la de Felipe VI a la altura de L’Ecluse, antepuerto de Brujas.  

Batalla naval de L’Ecluse, 1340 – La Guerra de los cien años 

En los meses siguientes, estallaba una guerra civil en Bretaña, que fue utilizada por París y Londres para tomar este ducado como campo de experimentación militar. La frontera entre Guyena y el territorio de Tolosa se convirtió también en frente de batalla. 

Sin embargo, las grandes decisiones vendrían en la zona de Normandía-Paso de Calais, en donde los dos monarcas se enfrentaron directamente.  

Crecy-en-Ponthieu fue un hecho de armas verdaderamente revolucionario: las masas de arqueros del rey inglés y de su heredero Eduardo (el Príncipe Negro) dieron buena cuenta de la valerosa e indisciplinada caballería francesa el 26 de agosto de 1346.  


Eduardo III cuenta los muertos despues de la batalla de Crecy – Jean Froissart, Chroniques (Vol. I ) 1410 – La Guerra de los cien años

En los meses siguientes los británicos explotarían este éxito, con la conquista de la plaza fuerte de Calais. En ella tendrían una magnífica cabeza de puente para trasladar fuerzas desde la isla con casi total impunidad.  

La Peste Negra, que se cebó en el Occidente, a partir de 1347, y mediaciones de diverso tipo enfriaron la pasión bélica que, sólo a partir de 1355, cobró renovado impulso. El Príncipe Negro fue otra vez el protagonista principal. En una gran cabalgada recorrió todo el sur de Francia, desde Burdeos al Mediterráneo sin encontrar gran resistencia. Y poco más tarde, derrotaba y hacía prisionero al nuevo monarca francés, Juan II el Bueno, en un choque en las cercanías de Poitiers.  

La debilidad de la situación interna de Francia se puso de inmediato al descubierto. Durante algunos meses, el país vivió una conmoción auténticamente revolucionaria: los burgueses de París, encabezados por el preboste Esteban Marcel exigieron una radical depuración de la administración; el rey de Navarra y conde de Evreux, Carlos II el Malo, maniobró en medio de la anarquía general para acrecentar su poder; y, como remate, estalló una sangrienta rebelión de campesinos hartos de las exacciones y de los excesos de las gentes de armas: la jacquerie.  

La crisis fue superada gracias a la actuación del heredero de la corona francesa, el delfín Carlos. El movimiento campesino fue rápidamente aplastado y la agitación burguesa perdió toda su fuerza tras el asesinato de Marcel. Frente a los ingleses, el delfín (regente del reino por la prisión de su padre) logró, tras algunos tanteos, que se suscribiera un acuerdo. Fue la paz de Bretigny-Calais, de 1360.  

Eduardo III renunciaría a la corona francesa, a cambio de un amplio botín: un fuerte rescate por Juan II, una Gran Aquitania y los enclaves de Calais, Guines y Ponthieu. Esto suponía un tercio del territorio francés. Un alto precio por lograr el fin de las hostilidades. 

En el año 1364 moría Juan II y el delfín-regente, quedaba entronizado como Carlos V de Francia. Hombre de delicada salud, Carlos V fue más un monarca de despacho que de acción.  

Tuvo la habilidad de rodearse de eficaces colaboradores de muy distinta extracción social: sus hermanos Felipe (duque de Borgoña desde 1365 y señor de Flandes desde 1384) y Luis (conde de Anjou y lugarteniente en el Mediodía francés); cualificados jefes militares como Bertrand Du Guesclin o Juan de Vienne; y destacados funcionarios como Raúl de Presles y Nicolás de Oresmes.

Carlos V “reconquista” su territorio

Carlos supo devolver el prestigio anterior y exterior de la monarquía. Como rey, su primer éxito fue la victoria obtenida en Cocherel, frente al turbulento rey de Navarra que, desde ese momento, perdió mucha de su influencia política en Francia.

Para neutralizar la preponderancia inglesa, Carlos buscó apoyos internacionales. Los logró merced a la intervención en el conflicto civil que en Castilla enfrentaba a su rey Pedro I con su hermano bastardo, Enrique de Trastámara, cabeza de una amplia coalición nobiliaria.

Con el apoyo de mercenarios mandados por Du Guesclin, Enrique se proclamó rey. La reacción de Pedro I no se hizo esperar: con el concurso de refuerzos dirigidos por el Príncipe Negro, señor de la Gran Aquitania, recuperó el trono tras la batalla de Nájera (1367). Sin embargo, la incapacidad de Pedro I para pagar a sus aliados provocó la retirada del heredero del trono inglés.


Batalla de Nájera, 1367 – La guerra de los cien años

El Trastámara y Du Guesclin retornaron a Castilla. En Montiel (1369) el pleito dinástico se saldó con la muerte de Pedro. El nuevo monarca, Enrique II, como aliado, sirvió a Carlos V, para activar las operaciones militares que se habían reanudado en territorio francés. El pretexto fue una vieja ficción jurídica: el supuesto derecho de París a actuar como instancia suprema en pleitos surgidos en los territorios cedidos en Bretigny. Algo que el Príncipe Negro consideró intolerable.

Du Guesclin, elevado a condestable por Carlos V, impuso una táctica agotadora de sus oponentes: nada de grandes batallas campales, pero sí permanente hostigamiento con pequeñas partidas.

La victoria de la marina castellana sobre la británica en La Rochela (1372) fue decisiva para el desarrollo de las operaciones militares. En los meses siguientes, los ingleses fueron expulsados de buena parte del territorio que ocupaban.

En 1375 se suscribió una tregua en Brujas a la que los británicos acudieron por primera vez como perdedores. Las muertes entre 1376 y 1380 del Príncipe Negro, Eduardo III, Carlos V, Bertrand Du Guesclin y Enrique II hicieron presagiar un periodo de apaciguamiento.

Los jóvenes Ricardo II en Inglaterra, Carlos VI en Francia y Juan I en Castilla, marcan un relevo de generaciones. Las operaciones militares, enfriadas durante algún tiempo, se reactivaron a partir de 1383 con la crisis sucesoria abierta en Portugal a la muerte del rey Fernando.

Juan I de Trastámara defendió los derechos al trono de su esposa Beatriz, hija del difunto monarca. Sin embargo, el escaso tacto desplegado en ello despertó suspicacias en amplios sectores de la opinión portuguesa que temían, con ello, una absorción del reino lusitano por parte castellana.

Un bastardo de sangre real, Juan, maestre de Avis, se puso al frente de este movimiento que concentró a una buena parte de las fuerzas burguesas y populares del reino junto a algunos miembros de la pequeña nobleza.

En frente, Juan de Trastámara contó con las simpatías de cierto número de magnates lusitanos. El movimiento encabezado por Juan de Avis fue también la oportunidad de la monarquía inglesa para abrir brecha en el eje militar franco-castellano.

El duque de Lancaster, Juan de Gante, mentor de su sobrino Ricardo II, movió los hilos para atizar el conflicto.


Eduardo de Woodstock, El Principe negro en el momento final de la batalla de Crecy.
Julian Russell. (1888)

En el frente lusitano Juan I de Castilla sufrió dos graves descalabros militares: uno ante Lisboa en 1384. Y otro, mucho más grave, al año siguiente, y en campo abierto: las fuerzas de Juan de Avis (proclamado ya, rey de Portugal por sus parciales) y sus auxiliares ingleses causaron una tremenda derrota a los castellanos en Aljubarrota.

Para Juan de Gante era la oportunidad esperada a fin de reivindicar sus derechos al trono castellano por su matrimonio con una hija del difunto Pedro I. 

Sin embargo, las operaciones planeadas no trajeron el resultado apetecido por el duque de Lancaster. Desembarcado en Galicia, sus fuerzas avanzaron hacia la meseta, pero se vieron detenidas delante de Benavente. Las ciudades castellanas se mantuvieron fieles a Juan I de Trastámara, bien respaldado también por su colega francés.  

El desgaste de los contendientes imponía, por tanto, una solución pactada. Juan I de Castilla y Juan de Gante llegaron a un acuerdo: fue la tregua de Bayona, por la que el inglés renunciaba a la corona castellana, a cambio de una renta vitalicia y del matrimonio de su hija Catalina con el infante Enrique, heredero de la corona castellana. 

La tregua de Leulinghen

En otros frentes de batalla, tampoco los contendientes habían llegado a obtener sustanciosas ventajas. De ahí que en Leulinghen se suscribiesen unas treguas generales por las que los distintos Estados se comprometían a respetarse mutuamente. Aunque no se tratara de una paz en el sentido estricto, Europa conoció, a partir de entonces, un largo periodo de apaciguamiento.  

En 1396, incluso, Ricardo II y CarlosVI se entrevistaban en Ardres (cerca de Calais) presagiando tiempos de bonanza: el inglés se prometía con una princesa francesa, y ambos monarcas se comprometían a trabajar para liquidar el Cisma de Occidente.  

Vana esperanza . En Inglaterra, el autoritarismo y la francofilia de Ricardo despertaron amplios recelos. En 1399 una conjura nobiliaria destronaba al soberano y entronizaba a Enrique IV de Lancaster, hijo de Juan de Gante. En la nueva casa real, los sectores ingleses más belicistas veían la posibilidad de reanudar hostilidades contra el enemigo de Francia.  

La oportunidad fue madurando en los años siguientes. La demencia de Carlos VI despertó las ambiciones políticas de los duques Luis de Orleans y Juan sin Miedo de Borgoña.  

En 1407 el primero caía asesinado y Francia conocía una polarización suicida. Dos partidos irreconciliables acabaron formándose: el de los borgoñones, apoyado en los sectores reformistas del reino; y el de los armagnacs, de tendencias más pro nobiliarias. París conoció las sangrientas alternancias de unos y otros en el poder.  

En 1413, un nuevo monarca inglés, Enrique V, empezó a sopesar las posibilidades de reanudarlas aventuras militares en Francia con todas sus fuerzas. 

En el verano de 1415, efectivos ingleses tomaban la importante base naval normanda de Harfleur. Enrique V se replegó luego hacia Calais perseguido por las fuerzas francesas del bando de los armagnacs. Junto a Agincourt se repitió un viejo lance: la arquería inglesa y la caballería desmontada causaban un desastre total en las filas enemigas.  

Aunque el inglés retornó a su reino, la más absoluta desmoralización cundió sobre Francia. Consciente de ello, Enrique V volvió a cruzar el Canal en 1417, ya en plan de conquistador y en disposición de reivindicar los viejos derechos dinásticos de Eduardo III. 

Ante semejante peligro, borgoñones y armagnacs optaron por limar diferencias mediante una entrevista en Montereau. El resultado fue trágico: como lejana venganza por la muerte de Luis de Orleans, un escudero del delfín Carlos (erigido en cabeza de los armagnacs) dio muerte a Juan de Borgoña.  

Su hijo Felipe optó, ante ello, por negociar con los ingleses que, en aquellos momentos (1419), habían ocupado casi toda Normandía. Enrique V ofreció una solución al inoperante Carlos VI y a su entorno.  

Se plasmó en la paz de Troyes. Por ella, el inglés casaría con Catalina, hija del soberano francés, y retendría Normandía a título personal. El vástago de esta unión ostentaría las coronas francesa e inglesa que conservarían sus leyes particulares. El duque Felipe de Borgoña, señor de amplios Estados, se convertiría en pieza clave de ese nuevo orden europeo. El sacrificio era el delfín Carlos, a quien se desposeía de sus derechos al trono.  

El acuerdo de Troyes fue aceptado en algunas zonas de Francia, especialmente en donde los aliados anglo-borgoñones ejercían su autoridad: Borgoña, Normandía, la cuenca de París y Guyena. Pero fue rechazado en otras, especialmente en el Sur, donde el delfín encontró apoyo.  

En1422 morían Carlos VI y Enrique V. Este dejaba un heredero de pocos meses (Enrique VI) cuya regencia fue tomada por su tío, el duque de Bedford, el más capacitado jefe militar inglés.  

Por su parte, el delfín era reconocido por sus parciales como Carlos VII de Francia, y establecía una corte y una administración paralela a la de París en la ciudad de Bourges. Durante siete años, la suerte de las armas en una Francia dividida fue contraria a los delfineses, mote dado a los partidarios de Carlos VII, por los afectos a la tesis de la “Doble Monarquía”. Las intrigas palatinas y la inoperancia de algunos jefes militares de Bourges, dieron clara ventaja militar al bando anglo-borgoñón.  

En los primeros meses de 1429, Orleans, llave del Loira, se hallaba acosada por las fuerzas del duque de Bedford. Con su caída, esperaba penetrar hasta el corazón de los dominios de Carlos VII. Contra todo lo previsto, a principios de mayo, un pequeño ejército de socorro forzaba el dispositivo de cerco, y ponía en fuga a los ingleses. 

La victoria de los Valois

Juana de Arco, la joven iluminada que dirigió la operación, lograba el necesario impacto psicológico para galvanizara las desmoralizadas fuerzas delfinesas. 

El lance fue explotado a fondo en las semanas siguientes, merced a otras pequeñas victorias militares y, sobre todo, gracias a la consagración de Carlos VII en la catedral de Reims, siguiendo el viejo ritual de los reyes de Francia.  

Los anglo-borgoñones nunca pudieron hacer algo semejante con su rey Enrique VI. Juana era el símbolo de un nacionalismo francés en el que se mezclaban vagos sentimientos religiosos con el odio hacia el enemigo inglés y sus colaboradores.  

Los fracasos posteriores de la joven delante de París y Compiegne y su posterior juicio y ejecución por los ingleses en Rouen no cambiaron el signo de unas operaciones militares que, después de muchos años, empezaban a favorecer a Carlos VII. En los años siguientes el Valois alternó el uso de las armas y la diplomacia.  

Juana de Arco – La guerra de los cien años

Así, en 1435, una magna conferencia internacional reunida en Arras presenció la reconciliación de CarlosVII y Felipe de Borgoña. El monarca pagaba un alto precio (reconocer la autonomía total del duque en sus Estados), pero daba un golpe mortal al principio de la Doble Monarquía.

Al año siguiente, Carlos entraba en un París exhausto por la guerra. La opinión generalizada en Francia se tornó hacia el Valois que, así, vio facilitada la tarea de recuperación territorial. 

Una agitación nobiliaria con la connivencia inglesa (la Praguerie de 1440) fue vencida por el monarca, con relativa facilidad. Demostró, con ello, que la realeza francesa estaba en situación de imponerse a las distintas facciones que años atrás habían llevado al país a la quiebra.  

Un último intento (treguas de Tours de 1444) por establecer la concordia entre el Valois y el Lancaster no supuso más que un descanso en un conflicto al que empujaron de nuevo los sectores más belicistas de Francia e Inglaterra.  

Con unas fuerzas perfectamente equipadas, Carlos VII emprendió en 1450 una rápida ofensiva sobre Normandía. Un desesperado intento inglés fue deshecho en Formigny. Todo el territorio normando se vio libre de ocupantes. 

Al año siguiente le tocó el turno a Guyena. Burdeos y Bayona cayeron en manos de las fuerzas reales francesas. Sin embargo, la falta de tacto de las nuevas autoridades provocó la rebelión de unas poblaciones unidas durante siglos a la monarquía británica.  

Desde Londres se hizo un esfuerzo supremo: fue enviado un ejército que recuperó el territorio pero que luego, sufrió un decisivo descalabro en Castillón.  

En el campo de batalla quedaba tendido Juan Talbot, el último de los grandes jefes militares ingleses. En octubre de 1453 las fuerzas de Carlos VII (el Victorioso) recuperaban definitivamente Burdeos.  

El año 1453 se acostumbra a considerar como el punto final de la Guerra de los Cien Años. Sin embargo, ningún acuerdo de paz se firmó entre París y Londres. En manos inglesas aún quedaba la plaza de Calais, rodeada de territorios del duque de Borgoña. Sólo en 1558 sería recuperada por la monarquía francesa. 


En la imagen principal: Batalla de Agincourt , Chroniques d’Enguerrand de Monstrelet (15th century) – Antoine Leduc, Sylvie Leluc et Olivier Renaudeau

Bibliografia:

La guerra dei cent’anni: Eserciti e società alla fine del Medioevo. Christopher Allmand. Milano, Garzanti, 1990

La guerre de Cent Ans. Parigi, Eduardo Perroy. Gallimard, 1945.

La guerra de los cien años. E. Mitre. Madrid, 1990

Por Andy Nicotera

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