La civilización Olmeca: La tierra del caimán y del jaguar – Primera parte

El área geográfica donde surgió y se desarrolló la primera de las civilizaciones de la América septentrional ocupa una extensión aproximada de 18.000 kilómetros cuadrados en los modernos Estados mexicanos de Veracruz y Tabasco, con los ríos San Juan y Papaloapan por el oeste y los pantanos que rodean al Grijalva por el este, entre el océano Atlántico y las estribaciones de la Sierra Madre Oriental. 

Es tierra caliente que no supera los 100 metros de altitud, excepto en el macizo de los Tuxtlas, cuyos picos promedian 500 metros y dividen la cuenca del Papaloapan del Coatzacoalcoa. La notable abundancia de agua, pues a las corrientes superficiales citadas y a otras muchas de menor caudal habría que añadir la fuerte pluviosidad anual que sobrepasa regularmente los 3.000 milímetros, convierte la región en una suerte de inmensa Venecía campestre, donde la humedad, el lodo y las ciénagas ponen las notas características. Ese exceso de agua, raro en el resto de Mesoamérica, protagonizó en el pasado la vida cultural de las poblaciones y determinó en buena medida la orientación peculiar de sus realizaciones. De igual manera que los temibles mosquitos y los feroces reptiles constituyeron excelentes factores de disuasión cuando las gentes se propusieron ocupar permanentemente la zona, así el rico y fértil limo que depositan los ríos representó, por el contrario, un incentivo de incalculable significación para los agricultores aldeanos.


Mapa donde se detallan los sitios asociados a la cultura olmeca, del Período Preclásico de Mesoamérica.

Muestra de la aspereza del país, la ofrecen los relatos de expedicionarios modernos, como el de Desiré Charnay a finales de 1880, que no pudo prescindir de las canoas en todos sus recorridos, o el del famoso John L. Stephens en 1840, y eso por no citar a los antiguos transeúntes con el detalle que se merecen, aunque sea imposible omitir a individuos como Hernán Cortés, que cruzó el territorio en la épica marcha a las Hibueras, narrada prolijamente en sus Cartas de relación. 

Fueron, desde fuego, las circunstancias de tan inhospitalaria geografía las que frenaron el ímpetu de los exploradores y arqueólogos y, por ello, salvo contadas visitas en el siglo XIX y principios del XX. la región permaneció aislada y misteriosa, con decenas de importantes tesoros históricos ocultos a las miradas de los forasteros. Sólo entrada la década de los años treinta se descubrió la gran civilización que allí había florecido en el pasado, y tuvieron que transcurrir todavía tres décadas para que el mundo científico obtuviera cumplida noticia de la magnitud de los hallazgos y de la trascendencia que poseían para la comprensión de la historia antigua de México y Guatemala.

Colosal cabeza olmeca

Los habitantes del país del hule  

Esto significa precisamente la palabra olmeca en el idioma náhuatl de los moradores del altiplano central de México. Es decir, los aztecas y sus vecinos se referían a la feraz región de la costa del golfo calificándola por uno de sus principales productos de exportación, el hule (ulli), la resina del árbol llamado olquauitl (al que los mayas nombran k’iche o k’iikche, árbol de sangre), de la que se hacían las grandes pelotas macizas para el ritual del juego practicado por todos los pueblos mesoamericanos.  

Es cierto, que el reiterado uso tardío del vocablo nos priva de la concreta filiación étnica de las diversas gentes procedentes del área, pero al menos se pueden reconocer como diferentes y singulares respecto a los numerosos grupos con los que entraron en contacto los belicosos mexicas. En el siglo XVI se denominaba olmeca principalmente a los xicalanca o uixtotin, cuyas peripecias históricas eran conocidas desde los albores del período Posclásico (900-1500 d.C.), voces que tienen que ver también con la geografía: gentes de Xicaianco o lugar de calabazas y gentes del lugar de la sal.


Mosaico representando al Jaguar. Animal considerado sagrado por los olmecas.

Sea como fuere, lo interesante es señalar las estrechas relaciones de los olmecas tempranos y tardíos con las sucesivas culturas establecidas entre los volcanes y lagos del Anahuac. Algunos antropólogos han llamado a esas relaciones simbiosis, porque la costa del golfo proveía a las tierras altas de productos vegetales imprescindibles, llevándose a cambio la filosa obsidiana y gran variedad de piedras para la molienda y el ornato personal. 

Apenas se han conservado vestigios óseos de los olmecas arqueológicos: la gran humedad y la acidez del suelo han desintegrado los esqueletos que suelen encontrarse en los enterramientos, de modo que la reconstrucción del tipo físico sólo puede abordarse partiendo de las esculturas, terracotas figurativas y otras representaciones. Parece ser que eran individuos de baja estatura, algo obesos, pero fornidos, braquicéfalos de cara redondeada, ojos oblicuos, con el pliegue epicántico típico de la raza mongoloide, nariz corta y ancha, boca de labios gruesos, mandíbulas potentes y cuello corto. Las narices y bocas que se ven en las enormes cabezas colosales de piedra han provocado la hipótesis de la mezcla de razas, ya que, sin duda, recuerdan los tipos platirrinos de fuerte eversión labial que se hallan en el corazón de África.  

El maravilloso Parque Museo La venta, Villahermosa, Tabasco

Pero los autores más rigurosos descartan hoy cualquier aporte genético transatlántico (imperceptible, por otra parte, en los indígenas descendientes de aquellos remotos pobladores) y suponen que esos rasgos son la idealización de la apariencia infantil, incluso de un modelo de enfermedad que tuvo gran importancia en las ideas religiosas olmecas.  

Hacia comienzos del siglo XV antes de nuestra era existen testimonios de la ocupación humana de la región por agricultores aldeanos. El arqueólogo norteamericano Michael D. Coe identificó las fases para el período más antiguo (que otros autores llaman Olmeca I) caracterizado en términos generales por la ausencia de monumentos de piedra y por reflejar una forma de vida igualitaria no muy diferente de la que entonces se encontraba por toda el área meso- americana.  

Esas fases se denominan Ojochí, Bajío y Chicharras; temporalmente cubren el lapso entre el 1500 antes de nuestra era, cuando aparecen en la región los primeros vestigios de habitación humana sedentaria, y el año 1200 a. C., momento en que los pobladores del sitio de San Lorenzo empiezan a labrar las impresionantes cabezas monolíticas y otras esculturas pétreas. En un sentido estricto esos tres siglos iniciales no debieran llamarse olmecas, pues pocas cosas permiten adivinar en ellos los caracteres estilísticos y los patrones culturales que más tarde sirven para identificar a la primera civilización americana.  

La cerámica, es de los tipos que se encuentran en el llamado horizonte Ocós, un conjunto de materiales arqueológicos de mediados del segundo milenio, propios de las pequeñas comunidades de labradores y pescadores que habitaban el litoral del Pacífico de Chiapas y Guatemala.  

Cabeza gigante olmeca, Parque museo La venta

El rasgo sobresaliente de tal manifestación cultural neolítica se halla en sus probables relaciones con grupos más avanzados de la costa del Ecuador; tanto si la navegación que permitió esos contactos fue desarrollada por los ecuatorianos de la cultura Chorrera (lo que es más verosímil) como si partió de Mesoamérica, el hecho resulta una notable proeza para una época remota que no poseía estímulos sociales aparentes que justificaran la arriesgada empresa.  

El período Olmeca II puede dividirse en una fase de esplendor del sitio de San Lorenzo (1200-900 a.C.) y una siguiente identificada por la destrucción de San Lorenzo y el predominio de la entidad política encabezada por el sitio de La Venta (900-400 a. C.). En este período se produce el máximo apogeo cultural, tanto en lo que respecta a las monumentales realizaciones arquitectónicas y escultóricas, a la finura y perfección de las obras de arte de menores dimensiones, como a la temprana expansión e influencia de la civilización olmeca por toda Mesoamérica, pues parece que las figuritas y recipientes decorados con motivos iconográficos típicos de Tlatilco y Tlapacoya (en la cuenca de México), las pinturas rupestres de Juxtlahuaca (Guerrero) o los petroglifos de Pijijiapan (Chiapas) pueden ser fechados en los alrededores del año 1000 antes de nuestra era.  

Por último, el período Olmeca III (400-100 a. C.) es de franca decadencia. El sitio de Tres Zapotes (unos cincuenta montículos que se extienden a lo largo del arroyo Hueyapan) es el único gran heredero de la vieja cultura en el interior de las fronteras regionales, pero sus manifestaciones resultan modestas, lánguidas y carecen de la originalidad y el vigor de antaño. No obstante, es en los tiempos tardíos de Tres Zapotes cuando se talla la famosa estela C, que contiene una importante inscripción cronológica de la clase conocida como Serie Inicial; leída a la manera maya, la fecha es 7.16.6.16.18 6 Etznab 1 Uo (año 31 antes de Jesucristo en nuestro sistema calendárico), una de las más antiguas de Mesoamérica y la que sirve de eslabón entre la supuesta manera de medir el tiempo entre los olmecas y la complicada estructura astronómica-simbólica de los mayas clásicos. 

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