Enrique el navegante: los descubrimientos del Portugal

En agosto de 1415 Portugal, un país pequeño, pobre y recién independizado del poderoso Reino de Castilla, asombró a las grandes potencias europeas. Una flota de navíos portugueses navegó a través del estrecho de Gibraltar y saqueó el puerto musulmán de Ceuta, en la costa marroquí.  

Esta ciudad floreciente era la joya del norte del África islámica y la puerta de entrada a exóticas tierras más lejanas. Y sin embargo, tres días después de su conquista, la ciudad estaba llena de sangre, sus inmensos acopios de oro estaban guardados en arcas portuguesas y los invasores disfrutaban de las recompensas materiales y espirituales de la cruzada.  

Aquel minúsculo reino cuyos monarcas eran tan pobres que no podían acuñar su propia moneda, había dado un aviso. Portugal estaba en auge. El rey Juan I, más cariñosamente conocido como «Juan el Bueno», se aseguró de que sus tres hijos participaran en el asedio y saqueo de la ciudad, y mientras sus compatriotas se manchaban las manos con la sangre del infiel, Enrique reflexionaba sobre las inmensas riquezas que cosecharía si pudiera aventurarse más lejos en el interior del ‘Continente Negro’.  

Si bien el saqueo de Ceuta por el rey Juan fue la piedra angular de la expansión portuguesa, fueron las expediciones de su hijo Enrique las que asentaron los cimientos del imperio. Enrique nació en 1394, hijo del rey Juan y de la noble inglesa Felipa de Lancaster, hija de Juan de Gante. A pesar de que los biógrafos contemporáneos pasan por alto gran parte de la juventud de Enrique, es evidente que su madre le enseñó a admirar los logros caballerescos de sus antepasados Plantagenet, cuyos hechos de armas habían contribuido a aumentar el prestigio inglés en Europa.  

Enrique el navegante

Cuando fueron nombrados caballeros, sus tres hijos eligieron lemas anglo-normandos. El de Enrique era: Talant de bien fere (deseo de hacerlo bien’) demostrando su afición por el código caballeresco. La idea de cruzada siempre ocupó un lugar especial en su corazón.  

En 1416 el rey Juan encargó a Enrique la supervisión todos los asuntos relacionados con la defensa y el gobierno de Ceuta. Esto le permitió entrar en contacto con un mundo desconocido para la mayoría de los príncipes europeos.  

Cuando los ejércitos musulmanes aliados de Marruecos y Granada unieron sus fuerzas en un intento de retomar la ciudad, Enrique se hizo a la mar con una fuerza de socorro fuertemente armada. Cuando llegó, sin embargo, la guarnición portuguesa ya había rechazado a los sitiadores.  

Sin embargo este episodio reforzó su celo por la cruzada. Anhelaba tomar Granada, y la historia parece sugerir que no gastó los fondos que recibió de la corona en la prosaica gestión administrativa de preparar a Ceuta para la guerra.  

Enrique creía que enfrentarse a los infieles era consustancial con su mandato, ya fuera financiando a sus corsarios contra la marina morisca o enviando sus carabelas por la costa africana.  

Enrique recibió un nuevo espaldarazo en 1420 cuando su padre recibió el permiso papal para poner a la principal orden militar cruzada de Portugal bajo el control de la corona.  

Portugal ya no tenía frontera con el Islam, y la riqueza de estas órdenes sería una bendición para las arcas reales. La Orden de Cristo estuvo bajo el control administrativo directo de Enrique y para él, ser la máxima autoridad de los herederos de los caballeros templarios portugueses, le hacía verse a sí mismo como un auténtico caballero andante. 

También le proporcionó algunos fondos extra que podía desviar a financiar sus propias ambiciones. De hecho, poco después de hacerse cargo de la orden, Enrique chocó con los miembros de la corte real al anunciar que había estado estudiando las cartas de la “Mar Océana (Océano Atlántico), mostrando especial interés por las islas Canarias y las islas cercanas a Madeira.  

Su interés por la exploración no está bien documentado. Hasta entonces su prioridad eran las incursiones contra el Islam. Parece que su propia fama y riqueza era una motivación más importante que la mera exploración geográfica. En aquel momento, las Islas Canarias, sus nativos y los colonos cristianos, se encontraban ya bajo el dominio de Castilla. Eso no detendría a Enrique, que en 1424 envió una importante fuerza militar. 

Enrique afirmó que su única motivación era convertir a los guanches (antiguos habitantes de la isla de Tenerife). Esto no era muy creíble, sobre todo sabiendo que más tarde acudió al mismo argumento para sus campañas esclavistas en Guinea.  

No era la primera vez que los europeos enviaban expediciones a las Canarias en busca de esclavos. La expedición fue un fracaso. Los nativos con sus armas primitivas vencieron a los  portugueses para vergüenza de Enrique.  

Sin embargo, la derrota no disminuyó sus deseos de establecerse en las Islas Canarias, y durante los siguientes 30 años entabló una serie de fallidas guerras coloniales en las islas.  

Por otro lado, su ocupación de Madeira sí fue un éxito, sobre todo porque estaban deshabitadas. Según su entusiasta cronista Gomes Eanes de Zurara, los navegantes Zarco y Teixeira descubrieron Madeira y la vecina isla de Porto Santo, aunque se sabe que eran conocidas mucho antes.  

Los primeros colonos portugueses llegaron hacia 1425. En Madeira descubrieron buenas tierras de cultivo, que favorecieron los primeros asentamientos. El interés de Enrique por las islas del Atlántico no menguó: en 1439 solicitó a la corona el envío de colonos a las Azores, un grupo de siete islas que la tradición vincula con una expedición anterior enviada por Enrique en 1425.  

Mapa de las islas Azores, de Abraham Ortelius 1584

Al igual que Madeira, la colonia prosperó. Sus éxitos en las islas del Atlántico llenaron a Enrique de optimismo y entusiasmo. Ahora, su ambición miraba hacia el sur, donde esperaba “navegar más allá de la puesta del sol y del curso de todas las estrellas occidentales”. Entre 1425 y 1434 envió repetidamente misiones a la costa occidental de África con órdenes de abrir nuevas rutas más allá del límite del conocimiento europeo.  

Las naves portuguesas llegaron hasta el Cabo Bojador en el Atlántico, a unos 1.600 kilómetros al suroeste de Tánger y a 160 kilómetros al sur de las Islas Canarias. Este cabo poseía una reputación casi mística llena de rumores y leyendas. Los acantilados aquí se precipitan en el mar y las corrientes chocan formando grandes remolinos, mientras los peces plateados brillan bajo la superficie. Las olas se estrellan contra los arrecifes y en tierra el desierto parece tan estéril como el mismo inframundo.  

Para muchos marineros, el Cabo Bojador era el Cabo sin Retorno. Enrique, en cambio,  creía que el Cabo podía rebasarse y envió al menos quince expediciones. Todas ellas fracasaron. Le tocó a un escudero de la casa de Enrique, Gil Eannes, demostrar que su señor tenía razón.  

Eannes, cuando llegó a los bajíos, la espuma y las sardinas del Bojador, se adentró navegando en el océano hacia el oeste, para volver a la costa una vez superado el infranqueable Cabo, desembarcando con seguridad y recolectando algunas secas plantas en la costa sahariana antes de trazar su camino de regreso a casa.  

A su regreso en Portugal fue recibido como un héroe. La exitosa apuesta de Enrique le valió al príncipe muchos elogios y un gran prestigio en Portugal como cartógrafo y cosmólogo. Los eruditos modernos creen que su confianza en que el Cabo Bojador podía doblarse viene de la lectura del “Libro del Mundo Conocido”, un relato anónimo y enteramente ficticio que narra las aventuras de un castellano, guiado por un mapa del mundo ahora perdido.  

Al igual que muchos contemporáneos, Enrique debió otorgar gran credibilidad a este libro y creyó que  contenía referencias reales de los viajes del autor más allá del Cabo. En cualquier caso, Enrique estaba en condiciones de enviar expediciones más allá de Bojador, donde esperaba desembarcar ejércitos que marcharan tierra adentro bajo la bandera cruzada y llevaran la palabra de Dios a las tribus infieles y paganas.  

Incluso albergaba la esperanza de encontrar al fabuloso Preste Juan, emperador cristiano de las Indias (que en época de Enrique se refería a las tierras del noreste de África) y forjar una alianza contra sus enemigos sarracenos. Su sueño de encontrar a este legendario gran gobernante le acompañó todo la vida, y sin duda determinó sus exploraciones.  

Estas aspiraciones, sin embargo, se suspendieron a raíz de una campaña traumática en Tánger y por las complicaciones de su regencia a raíz de la muerte de su hermano el rey Duarte.  

Hasta 1441 Enrique no pudo reanudar la exploración de la costa oeste de África. Se envió a algunos capitanes para reanudar la exploración alrededor de Río de Oro, el punto más lejano alcanzado después del Cabo Bojador, donde podían capturar los leones marinos que habitaban la zona por su piel y su aceite.  

Otros capitanes recibieron la orden de dirigirse más lejos al sur. Encontraron Cabo Blanco y exploraron la gran bahía que encerraba. Con el consentimiento papal y real, Enrique también continuó con sus ambiciones de cruzado. 

Su cronista relata con gran placer los hechos de armas de las tropas portuguesas durante la década de 1440, aunque para la mente actual el enfrentamiento entre tropas europeas bien entrenadas y armadas contra pescadores y nómadas mal armados no nos parece algo muy caballeresco. Para los hombres de Enrique, tratar de capturar a los nativos se convirtió en una prioridad, para interrogarlos y adquirir más conocimiento sobre la línea de costa y los desiertos que la delimitaban. 

Mapa de los descubrientos de Enrique el navegante

Pero estas misiones adquirieron un tinte más sombrío en 1444. Seis barcos, mandados por el sargento de Enrique Lancarote da Ilha, navegaron con órdenes de tomar esclavos en las islas del Banco de Arguin, justo al sur de Cabo Blanco.  

Fue Lanzarote quien financió la expedición, pero con el consentimiento del Príncipe Enrique y, por tanto, con su complicidad. El cronista Zurara asistió a la subasta de aquellos esclavos en agosto de 1444. 

La participación de Enrique en la trata de esclavos ha sido desde siempre un tema delicado para sus biógrafos. Los apologistas como Zurara señalan que el deseo de Enrique era convertirlos al cristianismo, mientras que otros consideran que los africanos tenían el estatus de prisioneros de guerra.  

Tanto los venecianos como los genoveses practicaban la esclavitud, mientras que los moros vendían a sus prisioneros. Sin embargo, Enrique decidió justificar sus acciones, el beneficio económico era evidente y ayudaba a financiar las exploraciones. 

Una de ellas fue la de João Fernandes, en 1445. Fernandes debía llegar al Río de Oro para pasar el invierno explorando tierra adentro. Después de muchas aventuras, regresó a Portugal con noticias de tierras fértiles al sur, ricas en gente y polvo de oro.   

Dinis Dias llegó a Cabo Verde el año anterior, mientras que Nuno Tristão alcanzó la desembocadura del río Gambia en 1446. Durante la década siguiente Alvise Cadamosto, explorador italiano al servicio de Enrique, y Diogo Gomes hicieron nuevas expediciones por la costa africana. Superaron Cabo Verde y atravesaron las tierras al sur del desierto del Sahara, en la costa de Guinea.  

Enrique creía que sus naves pronto rodearían la punta sur del continente y podrían dirigirse a las tierras ricas en seda y especias sobre las que había leído en las crónicas de los viajes de Marco Polo.  

Sin embargo, durante sus últimos años volvió a sus primitivas ambiciones como cruzado, librando una guerra contra los infieles en Marruecos, aunque su interés por los viajes africanos nunca desapareció completamente.  

Con su muerte, en 1460, las ambiciones portuguesas en África decayeron, aunque pronto cobraron un nuevo impulso en la década de 1480, con la llegada del príncipe Juan al trono. Bajo sus auspicios, Diogo Cão descubrió en 1482 el río Congo y, seis años después, Bartolomeu Dias llegó finalmente al Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur del continente.  

Y esta nación aventurera seguía adelante sin parar. El Tratado de Tordesillas, firmado con España en 1494, sugiere que Portugal ya era consciente de las tierras en el Atlántico Sur, aunque Brasil no fue descubierto oficialmente hasta el desembarco de Pedro Álvares Cabral en 1500.  

En 1498, Vasco da Gama se convirtió en el primer europeo en llegar a la India por vía marítima y en 1510 los portugueses se apoderaron de Goa, estableciendo una base permanente en la costa oeste de la India. Desde el Océano Índico los portugueses pasaron a los mares de China, fundando un enclave en Macao en 1557. En poco más de 100 años, e inspirado por Enrique el Navegante, este pequeño reino había abierto el mundo al comercio europeo con sus amplias exploraciones y se había situado en el centro de la historia. 


En la imagen principal:  Monumento a los Descubridores.
Este monumento fue construido con forma de carabela. En la proa se alza la imagen de Enrique el navegante y detrás de él, están las estatuas de héroes portugueses ligados a los descubrimientos, así como famosos navegantes, cartógrafos y reyes.  Lisboa, Portugal.


Bibliografía: 

Prince Henry “the Navigator“: a life. Russell, P.E. (2000) New Haven: Yale University 

Historia genealogica da casa real portugueza. De Souza, Antonio Caetano (1735) 

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