Una delicada misión en China

Es el año 1792, cuando el rey Jorge III de Inglaterra decide de enviar su diplomático mas hábil, Lord George Macartney a una delicada misión en China para encontrar al emperador Qianlong.

Esta es una época en la cual China e Inglaterra, representan en algún modo dos polos extremos; la China ha reducido a niveles muy bajos, su exposición a la influencia extranjera y también el comercio con el exterior.

Es una China decadente, solo un pálido recuerdo de lo que fue hasta el 1400, era sin embargo todavía un país muy rico, como se sabe los procesos de decadencia duran bastante y se vive de rentas, hasta por siglos gracias a las riquezas del pasado.

Entonces la China de esta época, probablemente todavía produce una gran parte del producto bruto interno mundial, por esto es un bocado delicioso para la nueva potencia imperial. Inglaterra siente una gran atracción por la China como mercado para su industria.

 

Jorge III, rey de Inglaterra

Por otra parte, Inglaterra es potente pero no lo suficiente como para osar la agresión militar, por ello lo que intenta Jorge III, es una maniobra diplomática, busca de convencer a los chinos de abrirse a los mercados, lógicamente lo hará exhibiéndose en algún modo, mostrando un poco de su potencia militar, pero al mismo tiempo buscando de respetar, la etiqueta imperial china, que es muy exigente.

En esa época la China es profundamente xenófoba, los mercaderes occidentales, son llamados “diablos extranjeros”, son sospechados, controlados, y en sus actividades sufren grandes limitaciones, justamente; estas limitaciones son el mayor motivo por el cual el rey Jorge III, envía Lord George Macartney.

Y esta primer embajada, será presentada en un modo noble, casi desinteresado; el primer embajador en China dicen: “Esta viajando con el interés de promocionar la ciencia y para garantizar los acuerdos comerciales y los vínculos diplomáticos de interés para las dos naciones”.

De este modo en el 1792, Lord George Macartney, zarpa del puerto de Spithead, en un nave militar, un Cañonero, algo que algún modo anticipa la futura política de los cañoneros de la Gran Bretaña. A bordo, tiene 95 hombres del equipaje, 50 soldados; los legendarios Redcoat (Casacas rojas),  600 cajas con magníficos regalos, los presentes mas exclusivos que Inglaterra puede ofrecer; relojes, globos, objetos de porcelana, probablemente no serán suficientes para seducir al emperador de la China.

Cuando la embajada se hace anunciar ante el emperador; la China tiene una pésima imagen de lo que es Europa, a Pekín llegaron noticias alarmantes de recientes desordenes, no muy precisos y seguramente se refieren a la revolución francesa, de modo que para un régimen como el del emperador Qianlong, Europa es sinónimo de turbulencia, inestabilidad, todas cosas negativas para un país que en su lugar, venera el orden y la autoridad imperial. Además la China ya sospecha de los europeos, en particular de los ingleses de ser agresivos, interesados y conquistadores.

Lord George Macartney

Desde el inicio Lord George Macartney sabía que su misión seria difícil, para no decir imposible. Ya cuando en el mar Amarillo el buque inglés, se preparaba para subir por el rio Haihe, que lleva desde el puerto de Tianjin a Pekín, y que le permitía alcanzar la ciudad imperial, los chinos le imponen al buque inglés, que coloque una bandera con la escritura: ” Contribuyente de Inglaterra” y esta es una señal muy precisa, el emperador de China, no acepta de tratar de igual a igual con el rey de Inglaterra. En la visión de la China, llamada: Chung Kuo; “el país del medio”, el centro del mundo, todo el resto del mundo es periferia, aunque si los equilibrios de fuerza han cambiado dramáticamente, aunque si este país de el emperador Qianlong, es una nación declinante, todavía la visión que los chinos tienen a fines del 1700, es la seguridad de sentirse orgullosamente superiores al resto del mundo. Por esto Macartney no es el embajador de otra potencia imperial y debe ser tratado como un tributario, como un vasallo que viene a pagar un tributo. Los regalos refinados que la corte de Inglaterra seleccionó para tratar de apaciguar al emperador Qianlong, son tratados jurídicamente como si fueran impuestos, como si Lord George Macartney viniera para pagar impuestos a su soberano.

Macartney es puesto casi en fila, con otras delegaciones de dignatarios extranjeros, que sin embargo llegan desde Mongolia y Birmania, pero estos son verdaderos vasallos de la China, son países que viven bajo el dominio, la influencia de la China.

Le conceden, con mucha anticipación, una sola audiencia imperial, ninguna cena de estado ya que non es suficientemente importante el embajador de Inglaterra para ser invitado a cenar con el emperado.

El emperador de la China; Qianlong

Otra pequeña humillación que sufre; es que la audiencia no se realizará en Pekín; el emperador no desea abrir el palacio imperial de Pekín y prefiere estar en su residencia estiva, el emperador Qianlong pertenece a una dinastía manchú y por ello ama el norte de la China, de este modo, obliga al embajador inglés a continuar viaje, luego de haber cruzado los océanos para ser recibido, navegando otro rio, en su residencia de campo.

Finalmente el embajador es recibido el 14 de septiembre de 1793, pero las verdaderas humillaciones non han iniciado para él, el emperador Qianlong es un anciano de 85 años que se niega a escuchar las solicitudes que el diplomático inglés debe presentarle. Sus consejeros habían preparado un comunicado muy desdeñoso para entregar al diplomático. En el mismo declaran:

“La corte imperial china, reconoce que de parte del rey Jorge III, existe una sincera humildad y obediencia, enviando una misión tributaria al emperador”

Pero otra situación; se puede decir un incidente de etiqueta bastante divertido, será la gota que renvalsa el vaso. Según las reglas de la corte imperial, cualquier visitante, hasta aquellos de rango mas importante, una vez delante del emperador o incluso delante del asiento imperial vacío que de todos modos representa la autoridad imperial, debe arrodillarse tres veces, tocando el suelo con las rodillas e inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente. Delante a este solicitud, Lord George Macartney, a pesar de todas sus buenas intensiones, se endurece e se niega. No, un diplomático inglés no puede humillarse a este nivel, también porque existe una precisa etiqueta de la corte de Inglaterra, donde hasta los más altos dignatarios deben inclinarse solo una vez delante al rey de Inglaterra, por ello el embajador plantea una cuestión de principio; él no puede hacer un gesto que implícitamente reconozca que el emperador de la China es superior o más importante que su propio rey. Entonces se niega a inclinarse tres veces, al máximo podrá inclinarse solo una vez, sobre esto se crea un incidente diplomático, la situación se bloquea hasta que no se encuentre una solución.

El embajador hace una propuesta; aceptará de inclinarse tres veces delante el emperador de la China solo si a su vez el primer ministro de la China, se inclina tres veces delante al retrato del rey Jorge III de Inglaterra. Pero esto tampoco es aceptado. No, un primer ministro del emperador no puede arrodillarse tres veces ante el retrato de un rey.

Al final la legendaria astucia de los mandarines imperiales, encuentra la solución al problema, los consejeros del emperador tienen ganas de resolver la situación urgentemente, para hacer que el inglés regrese cuanto antes a su país.

Un alto funcionario de la corte le explica al emperador que el inglés tiene una deformación en las piernas que no le permite inclinarse tres veces, es así que delante a esta raza inferior, a este pobre inglés que no puede arrodillarse como es necesario; la etiqueta imperial, concede de modo magnánimo, una excepción, de modo que el embajador podrá inclinarse solo una vez.

De todos modos luego de escuchar las propuestas de los ingleses para modificar los acuerdos comerciales entre las dos naciones; la corte imperial establece que: No hay nada que cambiar; porque las propuestas de Inglaterra para aumentar el comercio bilateral, no son conformes al sistema ceremonial del Imperio Celeste. Además en el edicto imperial que los mandarines de la corte entregan al embajador; para llevar a Jorge III, está escrito muy claramente que:

“La China es autosuficiente y no necesita mínimamente de las manufacturas de vuestro país”

También el edicto imperial, advierte al reino de Inglaterra: “A actuar de acuerdo con nuestro deseo; a ser leal y a jurar perpetua obediencia”.

Lord George Macartney, no logra su objetivo, esperaba de lograr una apertura del inmenso mercado chino para la creciente industria británica.

Es despedido rápidamente, apenas termina su audiencia con el emperador, le informan que teniendo en cuenta que el invierno se acerca, es oportuno pensar a los preparativos para el regreso.

Después de esta infructuosa embajada de Lord George Macartney, quedaran en los anales de la Gran Bretaña un deseo de revancha despiadada y la revancha llegará 40 años después, pero es otra historia que contaremos más adelante.

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