Los Etruscos

El siglo VIII a.C. señala la aparición de los etruscos en una extensa área de la península Itálica. Esta civilización, que se extinguió unos 700 años más tarde, es sin lugar a dudas la más estudiada de todas las que conformaron el panorama de la Italia prerromana.  

Ya en la antigüedad se discutía sobre el origen del pueblo etrusco. La originalidad de su cultura se considera una señal inequívoca de sus raíces lejanas, casi misteriosas.  

El primero en formular una hipótesis al respecto fue Heródoto, quien afirmaba que los orígenes de los etruscos tenían que buscarse en el Asia Menor, precisamente en Lidia, región que hoy forma parte de Turquía y que está situada en la provincia de Esmirna. Finalizada la guerra de Troya, es decir, entre los siglos XIII y XII a.C., y tras una grave y larga carestía, Ati, el rey de Lidia, decidió dividir en dos grupos a su pueblo: uno permaneció en la madre patria; el otro, guiado por su hijo Tirreno, se hizo a la mar en busca de mayor fortuna en otro lugar.  

Tirreno, tras un largo viaje, desembarcó en el país de los umbros, en el cual se estableció. Cuatrocientos años después, en el siglo I a.C., Dionisio de Halicarnaso confutó la tesis de Heródoto en el primer libro de su Historia primitiva de Roma, declarándose convencido de que los etruscos fueron en realidad un pueblo totalmente autóctono, llamado Rasenna 

Más recientemente, entre los siglos XVIII y XIX, tomó cuerpo una tercera hipótesis, la de la procedencia septentrional de los etruscos, en cuya defensa se citaba, entre otras cosas, la semejanza del nombre de Rasenna con el de los retios, pueblo que habitaba los valles alpinos. Las discusiones y las polémicas de estas tres hipótesis sobre el presunto misterio del origen de los etruscos han seguido durante años, hasta coincidir en la certeza de que la solución del problema debía buscarse en una revisión de la aproximación metodológica adoptada hasta entonces. De hecho, es erróneo intentar establecer a toda costa la procedencia de una civilización que es el resultado de un largo proceso histórico.  

En este caso, los protagonistas de la historia son los itálicos, que, con la aportación de otras culturas (indígenas, orientales y continentales), determinan el nacimiento de la civilización etrusca. En este marco reviste una importancia fundamental la civilización villanovense, que contribuye al proceso de formación que se acaba de describir.  

El área de influencia de los etruscos en el territorio estuvo determinada por las conquistas y los reveses de este pueblo. La más importante, la que los estudiosos han definido como Etruria «propia», se corresponde con gran parte de la Toscana y del Lazio, y comprende los territorios que se extienden desde el curso del Arno hasta el del Tíber.  

Al control de esta área, que fue el corazón de la civilización etrusca, se añadió el de vastas zonas de la llanura del Po y de la Campania, pero, en cualquier caso, entre los siglos VII y VI a.C. los etruscos hicieron evidente su influencia sobre todos los pueblos itálicos. Según la tradición, el territorio de Etruria comprendía doce ciudades: CerveteriTarquiniaVulciRoselleVetuloniaVeio (en sustitución de Populonia después de la derrota del 396 a.C.), Volsini (actual Bolsería), Chiusi, Perugia, Cortona, Arezzo y Volterra. Estas ciudades formaban la dodecápolis, una institución de carácter esencialmente religioso, ya que desde el punto de vista político cada una funcionaba de manera autónoma.  

Extensión de la civilización etrusca y la dodecápolis.

Por este motivo, la nación etrusca puede considerarse como una confederación de ciudades-estado. Por esta misma razón, tuvieron reacciones distintas frente a la política expansionista de Roma. Cada ciudad controlaba un territorio bastante amplio y era gobernada por un lucumón, jefe supremo del orden judicial y del ejército, así como máxima autoridad religiosa. Algunos objetos, símbolos de su poder, fueron adoptados también por los romanos, como el cetro, el trono o silla curul.

En el siglo VI a.C., la institución de la monarquía se sustituyó primero por tiranías y después por magistraturas colegiales, codiciadas por las poderosas oligarquías aristocráticas.  

Los etruscos no crearon un estado unitario, pero puede afirmarse que el apogeo de su civilización se sitúa entre los siglos VII y VI a.C., período en que se asiste al fenómeno de la llamada talasocracia, es decir, el dominio sobre los mares.  

Navegantes muy hábiles y emprendedores comerciantes, los etruscos establecieron contactos e intercambios con las principales civilizaciones del Mediterráneo; durante un largo período, tuvieron en sus manos el control del mar Tirreno, doblegando a cartagineses y griegos.  

La talasocracia fue uno de los principales motores del formidable desarrollo del que los etruscos fueron protagonistas. De una economía basada esencialmente en la agricultura y en el pastoreo, se dio paso a un sistema bastante más articulado, con una notable diferenciación de los recursos y de las fuentes de riqueza.  

Uno de los factores que contribuyeron a este cambio fue el aprovechamiento de los recursos mineros del área comprendida entre Vetulonia y Populonia, y de la isla de Elba, que, aunque las investigaciones y los estudios llevados a cabo en los últimos años han dado una nueva dimensión al fenómeno, todavía conservan relevancia.  

La actividad minera no tuvo solamente consecuencias comerciales: favoreció el desarrollo de la metalotécnica, es decir, del arte de trabajar los metales, actividad en la que los etruscos se expresaron con gran fantasía y refinamiento, y cuyos principales testimonios son los ajuares, las armas y los utensilios hallados en las tumbas.  

Heracles y Atenea, detalle de un candelabro de bronce etrusco (500-450 aC), NYC – Museo Metropolitano de Arte.

Los etruscos se distinguieron también en la elaboración de cerámica: la creación del bucchero tuvo un éxito extraordinario entre la población, que lo utilizó para realizar intercambios comerciales. El bucchero es una cerámica que tiene la particularidad de ser negra tanto en la superficie como en sección, resultado que se obtenía a través de un proceso de óxido-reducción durante la cocción de los vasos. Se utilizaba para elaborar jarros, cálices, vasos y copas, y su éxito se debió probablemente al color negro brillante, que recordaba al del metal, tan costoso y preciado. La producción del bucchero se inició en el siglo VII a.C. y se prolongó durante toda la época etrusca, aunque fue la de la fase inicial la más apreciada, la que se distingue por su finura y por el negro intenso y brillante. También en la producción de terracota los etruscos consiguieron unos resultados de gran calidad, como lo prueban las decoraciones arquitectónicas de muchos de los más importantes templos hasta ahora identificados. El caso más famoso es el del santuario de Portonaccio, en Veío 

Bucchero, de finales del siglo VII e inicios del siglo VI a. C.

De la estructura del templo dedicado a Minerva y a otras divinidades sólo se conserva una pequeña parte. Las excavaciones han recuperado importantes elementos decorativos del edificio, cuyo techo estaba coronado por cuatro estatuas de terracota, entre ellas un Apolo y un Hércules empeñados en la lucha por la posesión de la cierva con cuernos de oro.  

La estatua de Apolo, que se ha conservado casi íntegra, se considera como una de las obras maestras del arte etrusco y es una perfecta expresión de la sabia síntesis entre la creatividad y el dominio de la técnica. Asimismo, los etruscos alcanzaron notables resultados en la pintura. Los principales testimonios son las tumbas descubiertas en Tarquinia. Se trata de monumentos funerarios en los que la sencillez de la arquitectura se compensa con la riqueza de la decoración del interior. La técnica utilizada para pintar las paredes de estas cámaras sepulcrales evolucionó a lo largo del tiempo, pasando de la aplicación directa del color sobre la roca a la realización de verdaderos frescos. Los temas representan principalmente la muerte y el conjunto de ceremonias, no solamente religiosas, que la acompañaban. Son frecuentes las escenas de banquetes, así como las de juegos y competiciones, y también las representaciones alegóricas del ciclo de la vida, los episodios mitológicos e incluso las vistosas escenas cotidianas.  

Necropolis Etrusca, Monterozzia – Tarquinia

Estas obras no sólo tienen un gran artístico, sino también un excepcional valor documental. Principalmente las grandes escenas de la vida cotidiana pueden proporcionar una valiosa información sobre las costumbres del pueblo etrusco. 

El más allá pintado en las tumbas, la relación de los etruscos con la muerte, es con toda seguridad el aspecto de este pueblo que se ha estudiado más a fondo. Los etruscos practicaron tanto la incineración como la inhumación, con un claro predominio cronológico y geográfico del segundo rito.  

Necropoli Etrusca di Cerveteri

Los difuntos eran sepultados en el interior de tumbas generalmente excavadas bajo tierra, a las que se accedía a través de un corredor con escalones. La estructura de la tumba podía estar más o menos articulada y tener una o más zonas destinadas a sepultura, pero siempre constituía una réplica de la estructura de la casa. Junto a los restos se enterraba un ajuar funerario, cuya riqueza era directamente proporcional a la del difunto. 

 

 

En la imagen principal: Un detalle del sarcófago de “los esposos de Cerveteri”

 

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