Los escitas, hábiles jinetes y notables orfebres

De los escitas sabemos que eran hábiles jinetes y excelentes arqueros, pero con gran sorpresa descubrimos que además se distinguieron en el arte de la orfebrería. Excepcionales objetos en oro y esmalte de los escitas, que representan un aspecto particular del llamado arte de las estepas.

Numerosas salas de uno de los museos más famosos del mundo, el Ermitage de San Petersburgo, están dedicadas a una extraordinaria y única colección de orfebrería antigua, conocida con el nombre de “Tesoro de los escitas”. Merece la pena recordar cómo nació la grandiosa colección que más tarde permitiría el inicio del estudio arqueológico, histórico y artístico de una civilización grande y variada, la de los pueblos de las estepas de Asia Central.  

En San Petersburgo, en octubre de 1715, se celebraban las ceremonias en honor del hijo recién nacido de la zarina Catalina, esposa de Pedro el Grande, zar de todas las rusias. De todas partes del país llegaron felicitaciones y regalos.  

Pero el obsequio más impresionante lo ofreció un tal Nikita Demidov. Además de 100.000 rublos en monedas de oro, el rico empresario minero de los Urales extendió a los pies de la zarina una colección de bellísimas obras de arte realizadas en oro con incrustaciones de piedras de colores, pequeñas esculturas y láminas del tamaño de una mano, que representaban a animales luchando: jabalíes, serpientes, águilas y otros animales feroces, espléndidamente realizados por artistas anónimos en un pasado lejano y misterioso.

Carcaj de un rey escita, hallado en la necropolis de Chertomlyk (Museo Ermitage, San Petersburgo)

El único dato conocido era la procedencia de los preciosos objetos; habían sido hallados en los grandes túmulos funerarios de Siberia, que desde hacía tiempo eran objetivo de incursiones por parte de saqueadores a la búsqueda de tesoros fáciles.  

La reacción del zar fue inmediata: ordenó al gobernador de Siberia que todos los objetos hallados en el territorio, ya fueran preciosos o no, se llevaran al nuevo Gabinete de las Rarezas, fundado a este propósito. 

Muy pronto, las medidas tomadas por el zar dieron sus frutos: objetos muy similares a los que había llevado Demidov llegaron a San Petersburgo, salvados por los funcionarios gubernativos deseosos de granjearse la benevolencia del soberano.  

Hebilla de oro para cinturón, del s. Vil a.C., que representa una lucha entre animales (San Petersburgo, Ermitage).

En realidad, lo que se inició en aquel momento fue una auténtica caza de tesoros, en la que no faltó de nada. Las «expediciones» alcanzaron finalmente localidades lejanas y sin explorar, pero el espíritu de los investigadores no estaba tan animado por el amor al arte como por la simple codicia del oro.  

Un ejemplo de ello fue la historia que protagonizó el investigador holandés Nicolaes Witsen, que, gracias a relaciones entabladas durante su viaje a Siberia, logró enviar 40 piezas, todas ellas de oro macizo. Un envío anterior había terminado en manos de ladrones que, muy probablemente, como sucedía a menudo, habían fundido el oro.  

Desgraciadamente, también los preciosos objetos reunidos por Witsen se perdieron. Sin embargo, se conservan algunos detalladísimos grabados que mandó realizar el propio Witsen. El valor de estos grabados para la historia del arte y para la arqueología es, como se puede imaginar, casi igual al de los objetos perdidos.

Otro ejemplo de arte escita

 Pero, ¿quiénes eran los extraordinarios artistas-orfebres que habían realizado los preciosos objetos hallados en los misteriosos túmulos funerarios, denominados kurganes?  

En la actualidad, la investigación es capaz de datar y adscribir a un pueblo preciso, el de los escitas, el florecimiento más intenso de este arte.  

La primera mención a los escitas figura en algunos textos cuneiformes asirios que se remontan a las primeras décadas del s. VII a.C. A partir de ellos resalta la preocupación del rey asirio Asarhaddón, que reconoció en los escitas, excelentes jinetes y arqueros, una seria amenaza para su reino.  

Heródoto narra que, una vez se estableció la alianza con los asirios, el gran ejército escita, bajo el mando del rey Madyas, socorrió a los asirios en su campaña contra los medos, que habían ocupado Nínive, capital del reino asirio.  

A lo largo de los siglos. VIII y VII a.C., los escitas, pertenecientes a una estirpe de gente nómada de origen iraní, emigraron desde las estepas de Asia Central hacia las tierras situadas al norte del mar Negro, en la región de la actual Crimea, y dieron vida a un poderoso reino que duró varios siglos, hasta la conquista por parte de los sármatas, entre los ss. IV y II a.C.  

Además de sus excelentes virtudes guerreras, los escitas fueron uno de los primeros pueblos en perfeccionar el arte de la equitación, factor que les hacía únicos a los ojos de sus vecinos.  

Efectivamente, gracias a su extraordinaria movilidad, llegaron desde la lejana Asia hasta el territorio de los cimerios, que originariamente habitaron el Cáucaso y las llanuras situadas al norte del mar Negro.  

En el curso de un conflicto que duró más de 30 años, los escitas acabaron con los cimerios y se convirtieron en señores de un vasto dominio que se extendió desde Persia occidental, a través de Siria y Judea, hasta las fronteras de Egipto. Finalmente fueron expulsados de las tierras de Anatolia por los medos, y siguieron dominando un territorio que se extendía desde la frontera septentrional de Persia hasta la actual Rusia meridional.  

La sociedad escita se caracterizaba por la presencia de una clase aristocrática que poseía notables riquezas, como lo demuestran los extraordinarios objetos de oro y otros materiales preciosos hallados en los túmulos funerarios, particularmente en Crimea y en Rusia meridional.  

Ánfora que representa dos soldados escitas. Hallado en la necropolis de Chertomlyk (Museo Ermitage, San Petersburgo)

Esta aristocracia escita era gobernada por un soberano, cuyo cargo se transmitía de padres a hijos. En el s. V a.C., época del historiador Heródoto, que visitó sus tierras y cuyos relatos son de fundamental importancia, los príncipes escitas contrajeron vínculos matrimoniales con los griegos.  

Antes del advenimiento de los modernos estudios arqueológicos y etnológicos, que iniciaron y prosiguieron con éxito los expertos rusos, la civilización escita era conocida gracias a las relaciones intensas que se instauraron entre ésta y las ciudades griegas de la costa del mar Negro. A cambio de trigo, madera, esclavos y pieles procedentes de Europa oriental, los colonos griegos proporcionaron a sus clientes barbaros productos artesanales y, sobre todo, vino.  

Efectivamente, los escitas eran conocidos en todo el mundo antiguo como grandes bebedores, contrarios al uso de la época de mezclar el vino con agua.  

Aunque a menudo contienen pasajes más legendarios que realistas, las noticias que nos han llegado de los escritores antiguos constituyen, aún en la actualidad, una de las fuentes principales de conocimiento, que se pueden contrastar con los resultados de las excavaciones arqueológicas. De este modo hemos sabido que todo el territorio comprendido entre la desembocadura del Danubio y la del Don se llamaba Escitia, y que en él convivían varios pueblos entre los que figuraba un grupo central, precisamente el escita.  

Este grupo, de lengua irania, estaba rodeado por otras gentes que habían asimilado el modo de vida de los escitas, mientras que otros eran muy distintos entre sí, como los tracios y los eslavos.  

Los propios escitas se dividían en dos grupos: los campesinos, que vivían más al oeste, y los nómadas, que vivían al este del río Dniéper. Estos escitas nómadas también se llamaban «escitas regios», dado que a partir de ellos se formaba la clase aristocrática que hemos señalado.  

Fueron justamente los escitas nómadas los que suscitaron la curiosidad y el estupor de los escritores antiguos. En efecto, estos nómadas no practicaban la agricultura y se trasladaban junto a sus grandes rebaños de un lugar a otro en busca de nuevos pastos.  

Desconocían las casas y su vida transcurría sobre las sillas de sus caballos o en sus carros. Se alimentaban de carne y de leche, sin excluir la de yegua. La gran movilidad distinguía la táctica de combate de los escitas.  

El propio Heródoto recuerda lo imposible que resultaba huir de ellos o atraparlos, si ellos mismos no decidían aceptar la batalla. En este caso, los guerreros escitas desencadenaban fulminantes ataques falsos para virar repentinamente a caballo y escapar. Las costumbres de los escitas se caracterizaban por una gran religiosidad. Refiere Heródoto que «cuando un escita abate a su primer enemigo, bebe su sangre. Corta la cabeza a todos aquellos que mata en batalla”. 

Guerreros escitas

¿Y qué eran los Kurganes? 

Se llama kurgán a un tipo de túmulo funerario que abunda en el paisaje arqueológico de la estepa de Ponto. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y hasta la actualidad, se han dedicado a su descubrimiento generaciones de arqueólogos. Precisamente de los kurganes proceden los testimonios más notables de las prácticas funerarias escitas, tal y como fueron minuciosamente descritas por Heródoto casi dos milenios antes. Entre los ejemplos más grandiosos de kurganes escitas figura el de Certomlyk, en la zona del bajo Dniéper. Cuando los arqueólogos comenzaron a excavar en el imponente túmulo descubrieron que un gran espacio subterráneo, probablemente el lugar de la sepultura real, ya había sido saqueado.  

Túmulo funerario escita

Sin embargo, quedaban todavía varias cráteras de bronce y, ocultos en las paredes, armas y otros objetos de oro. A poca distancia del sepulcro real se encontraba el de la reina, aún intacto, con su servidor armado. El esqueleto de la soberana estaba cubierto por laminillas de oro y adornado con anillos y brazales de oro, perlas y otras joyas. Al lado había una gran ánfora de plata decorada con un friso que representaba a varios escitas domando caballos.  

En las estancias contiguas se hallaron los esqueletos de escuderos y sirvientes, también acompañados por armas preciosas y collares de oro. En otra estancia se descubrió el esqueleto de un perro, sujeto aún a su correa. Por otra parte, una sección entera del túmulo estaba destinada a sepulcro para caballos, y en ella yacían, subdivididos en tres sectores, 11 animales. Algunos de ellos presentaban todavía las sillas y los arneses decorados con oro, plata y bronce. 

 

 

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