La epopeya de Gilgamesh

El poema épico más antiguo que se conoce; La epopeya de Gilgamesh, el héroe que lo vio todo. Probablemente fue escrito mientras los relatos de la Ilíada y de la Odisea aún se transmitían de forma oral en torno a los resplandores de los hogares de los palacios micénicos. En ella se narra, en unos 3.000 versos, la historia de un rey sumerio, Gilgamesh, señor de la antiquísima ciudad de Uruk, de sus luchas con hombres, monstruos y divinidades; de sus sentimientos de orgullo, amor y amistad; y de su desesperada y vana lucha para encontrar solución al angustioso enigma de la muerte.  

A diferencia de lo que sucede, con los poemas homéricos, por lo que se refiere a la historia de Gilgamesh disponemos de numerosas partes más antiguas que se transmitieron durante siglos antes de confluir en la versión más completa.  

Los fragmentos más antiguos aparecen en tablillas sumerias de la segunda mitad del III milenio a.C. Otras secciones se remontan a la primera dinastía babilónica, es decir, a los tiempos de Hammurabi (1800-1600 a.C.).  

Son muchas las versiones de la historia que se transcribieron, entre los siglos XIV y XII a.C., en lugares remotos y en lenguas diversas: en Hattusa, la capital del imperio hitita, se han hallado tablillas en acadio, hitita y hurrita, y otras tablillas han aparecido en Siria, en el territorio del actual Israel y en el lejano Elam, en pleno corazón de la meseta iraní.  

Lo que los estudiosos denominan epopeya clásica es la versión que se encontró en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, redactada por un solo escriba babilonio hacia el s. XII a.C., y fielmente copiada durante siglos.  

El descubrimiento de parte de la obra se comunicó oficialmente el 3 de diciembre de 1872, cuando George Smith, un ex grabador de la ceca inglesa convertido en asiriólogo, anunció de haber encontrado un antiguo relato caldeo que incluía una versión del famoso relato del diluvio universal del Antiguo Testamento.  

Era una de las últimas tablillas del relato de Gilgamesh. Smith fue contratado por el British Museum para poner en orden y si era posible, recomponer los más de 20.000 fragmentos de tablillas de arcilla extraídas a duras penas de la biblioteca de Asurbanipal. Logró identificar dos tablillas, que resultaron ser la VI y la XI de una misma serie. Era evidente que la historia comprendía al menos otras doce.  

Tablillas de El poema de Gilgamesh

El interés y las polémicas que el descubrimiento del relato del diluvio suscitó fue tal que el Daily Telegraph se ofreció para financiar una campaña de excavación para buscar las tablillas que faltaban. Smith fue autorizado por el British Museum a partir. El viaje a Nínive duró unos tres meses, pero después de tan sólo una semana de excavación, Smith encontró otras tablillas con partes del mismo relato y, entre éstas, algunas líneas que completaban una gran laguna en la historia del Diluvio.  

Después de la muerte de Smith, diversos estudiosos han descubierto las tablillas que faltaban, contribuyendo a reconstruir el poema. La obra fue fielmente transcrita por los antiguos escribas. Al final de cada una de las 12 tablillas, el escriba anotaba su número, el título y la propiedad. De este modo, por ejemplo, al final de la primera se lee: Tabla Primera. Del que lo vio todo. Serie de Gilgamesh, Palacio de Asurbanipal, rey de la totalidad. Rey del país de Assur.  

Gilgamesh, bajorrelieve procedente de la región asiria de Jursabad

Cuando en la tablilla original una línea ya no era legible, el escriba anotaba pacientemente rotura reciente, o bien no entiendo. La historia era probablemente un texto canónico que se enseñaba y se transcribía en las escuelas y que de ningún modo podía modificarse a placer. La epopeya, en las palabras del escriba, se basa en una estela de piedra erigida por el propio Gilgamesh que refería el relato de sus viajes, de sus sufrimientos y de la sabiduría adquirida a un precio muy elevado por el rey sumerio.  

Además de por su sabiduría, Gilgamesh fue alabado por sus grandes obras, sobre todo por la edificación de las poderosas murallas de la ciudad de Uruk, una obra tan grande que requirió la ayuda de los siete Sabios, los seres semidivinos que habían descendido del cielo para enseñar la civilización a los hombres. Y Gilgamesh, el gran rey, el sabio, participaba de la misma naturaleza de los dioses, al ser hijo del semidivino Lugalbanda y de la diosa Rimat-Ninsun: dos terceras partes dios y una tercera parte hombre. Pero ya en el prólogo, el poeta nos cuenta que la parte divina de Gilgamesh no le ahorró las pasiones, el dolor, las fatigas, las lágrimas y, sobre todo, las desilusiones de cualquier criatura humana, con una diferencia: el héroe no se hace paladín de su destino individual, sino de la humanidad entera. 

En la biblioteca de Asurbanipal no faltaban listas y catálogos de libros y de sus autores. Por lo que se refiere a la epopeya de Gilgamesh, uno de estos catálogos proporciona el nombre del poeta que, según los escribas neo-asirios, había redactado el poema, un tal Sinleqiunnini, un escriba exorcista que vivió entre los siglos XIII-XII a.C. Sin embargo, algunos expertos, a pesar de la precisión en la atribución, han avanzado serias dudas a este respecto. En la lista de los autores de antiguas obras literarias aparecen personajes divinos, míticos (como Enmerkar o el propio Gilgamesh) o incluso animales (por algún extraño motivo, una obra resulta compilada por un caballo). De cualquier forma, la tradición de la paternidad de la epopeya debía estar muy arraigada si en un texto del 147 a.C., una serie de reyes asignaban como consejero de Gilgamesh precisamente a Sinleqiunnini. 

 

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