La Anábasis de Jenofonte

Partió hacia el Asia en busca de aventuras y se encontró liderando un ejército en desorden por miles de millas, contando todo en un trabajo convincente como una novela y tan preciso como un reportaje de guerra: el Anábasis (“marcha hacia el interior”).

Su nombre, hasta entonces destinado a permanecer al margen de la historia, era Jenofonte. Y así es como, hace 2.400 años, se convirtió en un héroe y, al mismo tiempo, en uno de los escritores autobiográficos más antiguos. 

Todo comenzó con un sangriento conflicto familiar. A la muerte del Gran Rey de Persia, Darío II (404 a. C.), estalló una lucha entre sus dos hijos: Artajerjes, el hijo mayor, y Ciro el Joven. Este último intencionado a relevar a su hermano del poder había reclutado un gran ejército cuya columna vertebral consistía en más de 10 mil soldados griegos, considerados guerreros formidables.  

Bajo el mando de Clearco, un veterano espartano. Estos mercenarios procedían de todas partes del mundo helénico, la mayoría provenía del Peloponeso, algunos del centro y norte de Grecia y otros de Creta y Sicilia.  

Con ellos estaba Jenofonte, un ateniense de treinta años de una buena familia, listo para realizar las crónicas de esta marcha. 

Según él, se había unido al ejército “ni como general ni como comandante o incluso como un simple soldado”, sino por invitación de uno de los comandantes, Prosseno, con la promesa de hacerlo entrar en las gracias de Ciro. 

Traicionados 

Ninguno de los griegos, aparte de Clearco, conocía el verdadero propósito de la expedición: Ciro dijo que los había reclutado para una acción punitiva contra las tribus rebeldes de Anatolia. 

Cuando descubrieron que tenían que enfrentarse a los ejércitos de Artajerjes, ahora estaban muy lejos de casa, y después de cierta resistencia se dieron cuenta de que era tarde para pensarlo dos veces: no quedaba nada más que desafiar el destino y esperar un rico botín. 

Las ilusiones griegas se extinguieron pronto: en 401 a. C. cerca de Cunaxa, a 90 kilómetros de Babilonia (el actual Irak), se desarrolló una batalla donde Ciro murió, mientras que el contingente helénico permaneció casi intacto.  

Intimidados por el peligro de los griegos, que se habían negado a entregar sus armas, Artajerjes y sus hombres en los días siguientes fingieron estar dispuestos a escoltar a los hombres de Clearco fuera de los territorios imperiales. 

Pero los planes del Gran Rey eran diferentes. Los persas atrajeron al Estado Mayor griego a una trampa, matando o tomando prisioneros a muchos comandantes, incluido Clearco, ejecutado más tarde. 

El momento era desesperado: 10 mil mercenarios se encontraron a merced del enemigo a tres mil kilómetros de casa.  

“Incluso los bárbaros a las órdenes de Ciro, que habían participado en la marcha hacia el interior, los habían traicionado, estaban solos”, dice Jenofonte. “Muy pocos pudieron comer […] por la noche, todos descansaron donde podían, sin lograr dormir debido al dolor y la nostalgia de su patria”.  

Estatua de Jenofonte

Fue en este punto que el joven ateniense, desconocido para la mayoría, tomó la situación en sus manos. Sacudido, escribió luego, de un sueño premonitorio, sacó a los oficiales restantes de la cama, convocó a una asamblea y, con un discurso brillante, convenció a sus compañeros de no darse por vencidos.  

Con un estallido de orgullo, los soldados eligieron nuevos jefes entre los cuales el propio Jenofonte, que comandaba la retaguardia junto con una cierto Timasione. Era necesario ponerse en marcha y escapar de los persas, abandonando carros y pesos inútiles. 

La partida no fue la mejor ya que los enemigos los perseguían sin tregua. Provocada por las tropas del sátrapa Tisafernes, la retaguardia se encontró sin preparación: Jenofonte remedió esta situación, formando repartos de caballeros y honderos que mantenían a raya a los adversarios.  

Sus trucos, como el de ocupar algunas colinas, resultaron decisivos para sorprender a los persas, que los atacaban evitando la confrontación abierta. Pero lo peor estaba por venir. 

Una vez en Gazarta, en las fronteras de las actuales Siria, Turquía e Irak, los Diez Mil solo tenían una oportunidad de llegar al Mar Negro: moverse hacia el norte, a través de montañas inaccesibles. 

Mientras tanto, Tisafernes había dejado de perseguirlos, seguro de que los rigores del invierno y la agresividad de las tribus los harían pedazos. El ejército avanzo a lo largo del Tigris a través de las tierras de los Carducos, un pueblo que ni siquiera el Gran Rey persiano había doblegado.  

Hostigados por los carducos y siendo blanco de flechas y piedras. Prevalecieron los mercenarios, pero no faltaron momentos de tensión entre el espartano Cherisofo, que dirigía la vanguardia, y el propio Jenofonte.  

Para sobrevivir, los griegos atacaron aldeas, abandonaron a los prisioneros más débiles a la intemperie y masacraron a uno de los hombres capturados para obtener información sobre el itinerario.  

Siguiendo un camino alternativo, eludieron a los carducos llegando a las orillas del río Centrite, y listos para ingresar en Armenia, se dieron cuenta de que los carducos seguían pisándole los talones, mientras que otros impedían el paso al otro lado. Solo con una maniobra de distracción planeada por Jenofonte lograron vadear el río y escapar de la emboscada enemiga. 

Las vicisitudes no habían terminado: en Armenia, los Diez Mil frustraron la traición del sátrapa de la región, Tiribazo, y el frío glacial hizo que tantos hombres cayeran como moscas.  

En su historia, Jenofonte no escatimó detalles crudos, como el suicidio colectivo del pueblo Taochi que, al paso de la horda griega, “arrojó a sus hijos de la roca y se arrojó inmediatamente después”. Al llegar al pie de la ciudadela de Gimnia (ahora Bayburt, en el noreste de Turquía), un guía local los condujo a la montaña Teche. 

Allí, la reacción de los soldados fue irrefrenable, tanto que al principio la retaguardia de Jenofonte pensó en otro ataque. Entonces los gritos se hicieron más claros: ThalattaThalatta! (“¡El mar, el mar!) La voz rebotó de boca en boca. Entonces, incluso toda la retaguardia comenzó a correr […]. Cuando todos estaban en la cima comenzaron a abrazarse, incluso los generales y comandantes, llorando”, escribe el nuevo héroe.  


Thalatta! Thalatta! (¡El mar! ¡El mar!) – pintura de Bernard Granville Baker, 1901 

Había pasado más de un año desde la partida junto a Ciro y, contra todo pronóstico, el ejército estaba a salvo. 

Desde las costas del Mar Negro, podría haber llegado a Trapezunte (Trabzon, en Turquía) y los asentamientos helénicos en la costa.  

Cuando fueron contados, los mercenarios que habían sobrevivido eran 8.600. Pasado lo peor, el ejército se desmembró, desgarrado por las rivalidades. La cohesión interna ya no era indispensable.  

Jenofonte mismo tuvo que responder a las violentas acusaciones de otros comandantes. Incluso acarició la idea de fundar una colonia y establecerse en Asia, pero se resignó a regresar a Grecia, donde se involucró en las luchas entre polis, poniéndose del lado de Esparta contra su ciudad natal.  

Antes de morir en la vejez, se dedicó a escribir, dándole a la posteridad la increíble aventura, quizás un poco novelesca, de un joven ateniense que había llevado a 10 mil hombres de regreso a casa. 



En la imagen principal: 
Los Diez Mil, en la batalla de Cunaxa. Adrien Guignet. Museo del Luovre.


Bibliografía: 

Anabasi, a cura di Ortensio Celeste, Collana Classici greci e latini, Firenze, Barbera, 2006, ISBN 978-88-789-9083-8.


Flower, M. A. Xenophon’s Anabasis, or the Expedition of Cyrus. Oxford Approaches to Classical Literature. Oxford; New York: Oxford University Press, 2012.

Jenofonte (1982). Bach Pellicer, Ramón, ed. Anábasis. Madrid: Gredos. ISBN978-84-249-0314-5.


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