Un atentado en Roma y las Fosas Ardeatinas

A las 15:50 del 23 de marzo de 1944, coincidiendo con el aniversario de la fundación de los “Fasci” italianos de combate, se cumple un atentado en las calles de Roma.

Explota una bomba al paso de un pelotón de soldados pertenecientes a la undécima compañía del tercer batallón de la policía (Polizeiregimient “Bozen”), formados por militares provenientes del Tirol del Sur, con base en Bolzano, bajo el mando de oficiales alemanes.

La unidad en esos momentos participaba a una serie de ejercicios adicionales y sus hombres regresaban como cada día al cuartel utilizando siempre el mismo camino.

El recorrido pasaba por: la Porta del Popolo, cruzando después, via del Babuino, Plaza de España, via Due Macelli y via del Tritone. Desde via del Traforo, desembocaban luego en via Rasella, giraban a la derecha, pasando por via delle Quattro Fontane y alcanzaban sus cuarteles en el Palacio del Viminale, sede del Ministerio del Interior.

La bomba fue colocada por Rosario Bentivegna (un integrante del G.A.P, los Grupos de Acción Patriótica) en via Rasella.

La bomba estaba escondida en un carro de la basura y fue activada a la llegada de los militares.

Con la explosión murieron 33 soldados y otros 56 resultaron heridos. Un niño que se encontraba en la calle también murió alcanzado por la explosión.

Los soldados muertos por la exploción. Foto tomada pocos minutos despuès del atentado de Via Rasella.

El General Kurt Mälzer, comandante de la plaza de Roma, en ese momento se encontraba en el Hotel Excelsior, donde se llevaba a cabo una fiesta de camaradas. Advertido del ataque, se precipitó en el lugar, claramente bajo los efectos del alcohol y molesto a la vista de las consecuencias de la bomba.

Fuera de sí, enfurecido de rabia, ordena que todos los habitantes de las casas de los alrededores, salgan a la calle, y sean alineados frente a las puertas del palacio Barberini para ser fusilados. También haría que los edificios fueran volados con dinamita. Muchas personas inocentes son extraídas de sus apartamentos, algunos incluso arrancados de la cama, y también son detenidos muchos transeúntes.

Los habitantes de los alrededores, y algunos transeúntes, alineados frente a las puertas del palacio Barberini

Mälzer grita, llora, imparte órdenes continuas, absurdas y feroces, como prueba de su más completa locura.

Si se evita una matanza, se debe en gran parte a la intervención del Cónsul General del Reich, Friedrich Mollhausen, y al Coronel de las SS Eugen Dollmann, que también acudieron al lugar inmediatamente después de la noticia del ataque.

Kesselring no está presente en su comando cuando la bomba explota; sabe lo que pasó sólo alrededor de las 19 hs. más o menos, a su regreso de un viaje de inspección en el frente.

Pero ya a las 17.30 horas su ayudante, el Coronel Beelitz, recibe una llamada telefónica de la oficina central de Operaciones de la Wehrmacht, el general Alfred Jodl, le dice que el Führer, a sabido de la noticia del incidente recientemente, y ordena una punición ejemplar; la ejecución de cincuenta italianos por cada alemán muerto.

Según las declaraciones del coronel Dollmann, la secuencia de llamadas es la siguiente: de Beelitz al General von Mackensen, comandante del XIV Ejército (que tenia jurisdicción en el territorio de Roma); de Mackensen a Mälzer; de Mälzer a Kappler, jefe del servicio de policía.

Por el momento, sin embargo, la comunicación a este último es sólo para su conocimiento: aún no se había determinado, cuantos italianos serian ejecutados, dónde, cuándo, cómo y quién debía llevar a cabo la sentencia.

Transcurre un poco de tiempo y Beelitz vuelve a llamar al cuartel general del Führer en Rastenburg, explicando que la proporción de la venganza parece bastante exagerada. Debido a que los muertos alemanes son 33, multiplicando por 50, los italianos ejecutados deberían ser 1650; y no hay tantos detenidos en las prisiones romanas. Además Kesselring, nunca aceptaría la responsabilidad de una masacre similar.

Kesselring, volvió a su comando, e informado del incidente, llamó inmediatamente a Jodl, habló bastante tiempo y al final todo indica que, por su parte, intenta desentenderse de la situación. De hecho, se limita únicamente a transmitir a Von Mackensen una comunicación de servicio con las instrucciones dadas por el cuartel general de Hitler.

También, según Dollmann, alrededor de las 22 hs. hay una nueva llamada de Westphal a Jodl, para comunicar que el general von Mackensen sugiere una proporción para la represalia de diez italianos por cada alemán muerto.

Siguen momentos de espera, en Rastenburg, obviamente, se consultan sobre esta reducción, quieren conocer la decisión de Hitler. Al final llega la respuesta: el Führer ha aceptado la nueva propuesta para la represalia y debe ocuparse de ello, la Policía de Seguridad (la Sicherheit Dienst), es decir, el coronel Herbert Kappler.

Este llama al comandante del batallón Bozen, y le pide que proporcione los hombres necesarios, pero según algunos historiadores (como Lorenzo Baratter, autor del libro “desde Alpenvorland a vía Rasella” Ed. Publilux, Trento, 2003), a estos hombres, cuando se les pregunta al respecto; se niegan a participar de la represalia. (y esto no resulta sorprendente, dado que los miembros de esta unidad son tiroleses del sur, de religión católica)

A este punto, es evidente que Herbert Kappler tiene que manejar por sí solo todo el asunto. Aquí es entonces, donde pasa a primer plano este coronel de treinta y siete años, que desde hace cinco se encuentra en Italia, y que era solamente un oscuro funcionario. Su tarea es la conexión entre la policía de seguridad alemana y el Ministerio del Interior italiano. Un joven de aspecto insignificante, rubio, divorciado, que habla bien el italiano y vive en un apartamento en la Vía Salaria, donde cultiva un jardín de rosas.

Después del 8 de septiembre de 1943, (Fecha del armisticio con los aliados, y el fin de la alianza militar con Alemania) su papel es crucial. Es el autor de algunas de las más infames acciones de persecución de esos meses; el robo de cincuenta kilos de oro a expensas de los Judios de Roma, a cambio de la salvación, la detención y deportación a Alemania de la infeliz Mafalda de Saboya (murió después en el campo de concentración de Buchenwald), a la razia de la villa del Duque Acquarone, hasta la cooperación brindada a los hombres del teniente Dickerhoff, enviado por Eichmann para irrumpir en el gueto judío de la capital, el 16 de Octubre 1943.

Herbert Kappler el responzable de las Fosas Ardeatinas

Cuando se le encargó la penosa tarea de ejecutar la venganza alemana, la llevaría a cabo con gran celo y frialdad, como si se tratara de cualquier práctica burocrática. Tenia que encontrar a 330 presos políticos, culpables de delitos relacionados con la pena de muerte para compilar la lista.

Por supuesto, un número similar es absurdo, pero Kappler no pierde el ánimo. Quiere demostrar a Kesselring su eficiencia y lo llama al teléfono, asegurando que ya tiene los prisioneros, aun cuando todavía no los había realmente encontrado.

Sin embargo, los condenados realmente a muerte en toda Roma, son cinco o seis: la voluntad de inventar tal condena para otros trescientos inocentes será la macabra tarea de este contable de la muerte, que a menudo trabaja en su oficina hasta tarde, en el silencio de la noche.

Empieza la lista escribiendo los nombres de los italianos encarcelados en la prisión de Via Tasso (la prisión que gestionaba el mismo), añade doce de los detenidos en via Rasella después del ataque y agrega en la lista otros 57 judíos.

Pero la cifra es siempre baja. Dirá el mismo Kappler en su juicio: “Debo admitir que no ordene de excluir a los menores de edad”. Así que incluso condena a muerte a un  joven de quince años de edad, que hacia las tareas de la escuela en la casa de su amigo en el momento del atentado, más otros dos muchachos de diecisiete años.

A continuación, pedirá refuerzos a la policía italiana. Se encuentra con el superintendente de Roma, Pietro Caruso, y le pide cincuenta detenidos para fusilar. Caruso llamó al ministro del Interior, Buffarini-Guidi y le pregunta cómo debe comportarse.

Buffarini, hombre temeroso, le respondió cínicamente: “y tu dáselos, dáselos… o de lo contrario quizás que otras cosas pueden hacer.”

Entonces Caruso se pone a trabajar. Escribe cincuenta nombres a su juicio y llama a la prisión de Regina Coeli. La lista escrita, dice: la enviará más tarde.

El resultado es una confusión terrible; los nombres se cambian varias veces, se confunde unos con otros, son borrados y luego vueltos a escribir.

Mientras a  Regina Coeli llega el teniente Zuhn, enviado por Kappler para recoger a las víctimas, y tiene una tremenda prisa.

Viendo que es lento para formar el grupo de convictos, Zuhn comienza a gritar, y comienza a tomar gente al azar, saca de las celdas al primero que encuentra y cuando le parece que tiene la cantidad correcta, los carga en camiones y se los lleva.

De este modo, cincuenta infelices pasan a ser cincuenta y cinco, pero para Kappler uno más, o uno menos, no hace diferencia.

Las victimas serán 335 y serán masacrados en las Fosas Ardeatinas, había sumado por decisión propia, otros cinco desafortunados mártires a la venganza monstruosa de Hitler. Ninguno de ellos había participado del atentado.

Deja un comentario