Alejandro Magno y el nudo gordiano

La expresión romper el nudo gordiano viene al caso cuando ante problemas intrincados, de cualquier tipo (jurídico, político, económico, sentimental), uno decide no andarse con chiquitas y resolverlos con métodos expeditivos, por la vía rápida; de un modo tajante.  

Plutarco, una fuente inagotable de anécdotas sobre la antigüedad greco-romana, en su biografía de Alejandro Magno, recogida en “Las vidas paralelas”, enfrentada a la de Julio César, nos cuenta que cuando el joven rey de Macedonia decidió conquistar Asia, tras atravesar el Helesponto, vencer a los persas a orillas del río Granico y liberar a las ciudades griegas de la costa del Egeo, se internó en la península de Anatolia por el antiguo territorio de Frigia la actual Turquía.  

Allí ocupó Gordion, la capital de este antiguo reino, convirtiéndola en su principal base de operaciones antes de su enfrentamiento decisivo con el Gran Rey Darío, que tendría lugar un año más tarde en la batalla de Issos. Entre los años 334-333 a. C.  

La fundación de la ciudad se atribuía al rey Gordias, padre del legendario rey Midas, a quien había tenido con la diosa Cibeles, la Gran Madre frigia. 

El rey Midas, fue premiado por Apolo con unas hermosas orejas de burro, que consiguió ocultar gracias al invento del gorro frigio. Bromas que se gastaban en el panteón griego.  

Gordias y Midas habían protagonizado el gran momento del Imperio frigio, allá por los siglos VIII y VII a.C. La ciudad fue destruida por los Cimerios y luego reconstruida ya bajo el Imperio persa.  

En esta última época era una de las ciudades principales en la ruta de los reyes persas que unía Susa con la ciudad lidia de Sardes, junto a Éfeso. Las ruinas que testimonian este azaroso pasado se pueden contemplar hoy a unos cien kilómetros al oeste de Ankara.  

Las ruinas de la antigua ciudad de Gordio

Alejandro se instaló temporalmente en esta estratégica ciudad, se encontró con una leyenda que, dada su enorme audacia y su extraordinario sentido de la propaganda, no dudó en aprovechar en su propio beneficio.  

En un templo de la Acrópolis gordiana estaba depositado un carro, se supone de oro, con un yugo atado al extremo de su lanza o timón. La atadura estaba hecha mediante una corteza de árbol trenzada, con los cabos entretejidos de modo que no había manera de desatar el nudo.  

A propósito de este nudo existía en la ciudad la creencia de que un oráculo, o el propio Gordias, había predicho que aquél que fuera capaz de soltar el yugo sería el rey de toda Asia.  

En los cinco siglos transcurridos nadie lo había conseguido, claro, ni parece que el fatídico carro les hubiera quitado el sueño a los sucesivos sátrapas de la zona.  

Pero Alejandro no dejó pasar la ocasión. Todo fuera por levantar la moral de los suyos e impresionar a aquellos crédulos bárbaros. El caso es que decidió probar, siguiendo el rito de intentar desatar con los dedos el dichoso nudo, ante la mirada maliciosa de los prohombres y sacerdotes locales, hasta que, según nos cuenta Plutarco, lo cortó con un golpe de espada.  

Así separó el yugo del carro y se convirtió, en el destinatario del oráculo. Y acabaría por convertirse en el rey de toda Asia, a pesar de haber entrado en ella con sólo cuarenta mil hombres y tener que enfrentarse a los seiscientos mil de Darío.  

No nos cuenta el biógrafo qué papel jugó en su fulminante conquista del Imperio persa la solución dada al problema. Pero no hay que despreciar su posible efecto. Los pueblos antiguos, no sólo los bárbaros sino también los civilizados griegos y romanos prestaban una gran atención a los oráculos, premoniciones, sueños y presagios de todo tipo.  

En las biografías, no sólo de Alejandro, sino de muchos otros, por ejemplo, César y Augusto, aparecen con frecuencia, y siempre en momentos decisivos, este tipo de episodios. Su utilización propagandística era habitual. Lo mismo que la superación de pruebas extraordinarias.

Estatua ecuestre en bronce, de Alejandro el grande. Museo Arqueológico de Nápoles.

 

Era donde el elegido daba la talla, por así decir. Esta tradición se perpetuaría luego en el mundo legendario y hagiográfico medieval y en los cuentos populares. Resolver acertijos, realizar trabajos imposibles, vencer a dragones, suelen aparecer como requisitos inevitables para obtener la mano de la princesa o conquistar reinos.  

Lo novedoso del caso de Alejandro y su modo de superar la prueba del nudo gordiano es la ausencia de ambientación religiosa o mágica: ningún ser sobrenatural le echa una mano ni le sopla la solución. Ni siquiera entra en juego la astucia, el ingenio o la suerte del héroe. No olvidemos que Alejandro había sido discípulo de Aristóteles. Su solución fue una solución laica, audaz, racional y al mismo tiempo, en cierto modo, brutal; pero eficaz. Es decir, moderna. 

Probablemente, esa brutalidad calculada perseguía dejar bien claro, ante los persas y sus posibles aliados, con qué nuevo tipo de hombre se iban a enfrentar, cuáles eran sus intenciones y cuáles sus métodos. El método drástico es seguro que no fue inventado por Alejandro: tratar de impresionar al adversario y comerle la moral con un gesto espectacular, debe de ser viejo como la humanidad. Pero si no lo inventó, bien se puede decir que fue quien lo patentó en la ciudad frigia de Gordio. 

Deja un comentario